Hacer fila parece un gesto menor, casi invisible. Sin embargo, dice mucho de cómo estamos. En la fila del banco, del supermercado o del semáforo, aflora una impaciencia que ya no disimulamos. Resoplamos, reclamamos, miramos el reloj como si el tiempo nos perteneciera y alguien más estuviera usurpándolo.
Antes la fila era espera; hoy es irritación contenida. Nadie quiere perder ni un minuto, aunque no sepamos exactamente para qué lo necesitamos. Estamos apurados incluso cuando no llegamos tarde. La prisa se volvió estado permanente.
La impaciencia cotidiana no es solo un mal hábito; es un síntoma. Revela cansancio, frustración, sensación de desorden. Cuando el entorno no funciona como esperamos, reaccionamos con enojo, no con comprensión. La fila se convierte en escenario de pequeñas batallas: quién llegó primero, quién se coló, quién “se demora”.
Pero la paciencia no es resignación. Es una forma mínima de respeto. Respetar el turno, el tiempo del otro, la lógica compartida. Sin paciencia, la convivencia se vuelve frágil y cualquier demora se vive como ofensa personal.
Quizá por eso hacer fila incomoda: porque nos obliga a aceptar límites. No todo depende de nosotros, no todo es inmediato. Esperar nos recuerda algo que preferimos olvidar: vivimos con otros.
Recuperar la paciencia en lo cotidiano no resolverá los grandes problemas, pero ordena algo esencial. En una sociedad acelerada, esperar con calma es un pequeño acto de civilidad. Y hoy, eso ya es mucho. (O)









