Para Robert Macfarlane, los ríos no deben entenderse solo como un recurso puesto a disposición de los seres humanos, sino como seres vivos que deben ser reconocidos como tales, como sostiene en su obra editada por Penguin Random, Is a River Alive? (2026).
A través de tres casos en distintos continentes —el río de Los Cedros, en Ecuador; una variedad de ríos, esteros y riachuelos, en la India; y el río Mutehekau o Magpie, en Canadá—, el autor intenta explicar al lector de qué manera las aguas “moldean al mundo, influyen en nuestro pensamiento y forman nuestro futuro”.
Entre las distintas anécdotas y datos curiosos que contiene el libro, llama la atención cómo, durante el período colonial en territorio americano, con el propósito de eliminar la idolatría, se incluyó en la Inquisición la posibilidad de que “se convocaran tribunales eclesiásticos que condenaban a cien latigazos a quienquiera que hubiera hablado con un río o hubiera adorado a un arroyo”. Este tipo de comportamientos intentó romper el vínculo de los pueblos aborígenes con la naturaleza.
En lo que corresponde al Ecuador, cuando Macfarlane realizó su expedición por Los Cedros, reflexiona que, frente a un ecosistema fluvial, usualmente nos rodean tres ríos: el primero, aquel que vemos y oímos; un segundo, que fluye por debajo y que, para los micólogos, sería el que crean los hongos en el subsuelo; y un tercero, un río celestial o volador, que transporta, a través de nubes y neblina, gran cantidad de agua. Aunque, según el autor, podría existir un cuarto: “Erídano, la constelación que lleva el nombre del río mítico que riega el Hades… serpentea por casi todo el hemisferio sur del cielo”.
Una obra digna de ser difundida y elogiada, y que ahora cuenta con una versión en español al alcance de la comunidad hispanohablante (O).
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