A veces me detengo en los pasillos de la facultad y observo el silencio. Ya no es el silencio del estudio riguroso, sino el de una generación que parece haber delegado su voz a un algoritmo. Como parte de esta generación, me preocupa que estemos perdiendo la chispa de la duda o de participación propia. Dicen que la Inteligencia Artificial (IA) se detecta por sus patrones robóticos, pero el verdadero peligro es que seamos nosotros quienes terminemos imitando esa falta de humanidad por pura comodidad intelectual.
En Cuenca, nuestra «Atenas del Ecuador», solemos jactarnos de la pluma y la palabra, pero hoy estamos perdiendo la soberanía digital por goleada. No es una suposición: según el estudio «Implementación de la inteligencia artificial por estudiantes de pregrado en Ecuador», publicado por la revista Ciencia Latina en 2025, el 87,3% de los universitarios en el país ya utiliza estas herramientas de forma cotidiana. Lo que para muchos es una «ayuda» inofensiva, en la práctica es una hemorragia silenciosa de datos sensibles hacia servidores extranjeros, un fenómeno que técnicamente llamamos Shadow AI.
Como investigador, me resulta doloroso ver cómo el consentimiento informado se ha convertido en una ficción jurídica. Aceptamos términos y condiciones kilométricos que nadie lee, es más ni los propios desarrolladores controlan en su totalidad, permitiendo que nuestra identidad o huella digital sea mercantilizada para entrenar modelos que, irónicamente, terminarán reemplazando nuestra capacidad de análisis. ¿Y qué hace la ley frente a este saqueo? Llegar tarde, ya que, tenemos una Ley de Protección de Datos (LOPDP) de 2021 la cual arribó para apagar los incendios del pasado, pero resulta inoperante ante la complejidad técnica de los sistemas dinámicos. Ante esta situación y hace apenas unas pocas semanas la Superintendencia emitió la Resolución N.º SPDP-SPD-2026-0009-R para intentar transparentar los algoritmos, el papel sigue soportándolo todo mientras la realidad nos pasa por encima y esto es palpable, aún más en la realidad universitaria, con la resolución antes mencionada ha habido grandes avances (recomiendo leerla), pero falta ponerla en práctica, difundirla y socializarla, de nada sirve tener avances en papel cuando la ciudadanía ni la más mínima idea tiene de esto, con esto quiero decir que seguimos en la misma monotonía.
No podemos esperar que un reglamento nos devuelva la autonomía que estamos regalando con cada clic. Las universidades deben dejar de ser espectadoras y adoptar modelos, reglamentos o capacitaciones que realmente protejan al estudiante, antes de que su pensamiento sea procesado por una nube pública.
La IA tiene un potencial extraordinario, siempre y cuando seamos nosotros quienes la dominemos a ella, y no a la inversa. De lo contrario, nos arrebatarán el control sobre quiénes somos en la red, convirtiendo nuestra identidad y esfuerzo intelectual en simple información comercializable. No olvidemos que la ética y la protección de nuestra huella dependen en su mayoría de nuestro propio rigor. Para lograr un cambio, o somos el jarabe que cura, o terminamos siendo parte de la enfermedad.







