Biblioteca vs. internet

Hay nostalgias que llegan sin anunciarse. Se levantan silenciosamente del polvo, del olor del papel envejecido, del crujido de una página olvidada. Así me ocurrió hace pocos días, mientras limpiaba mi pequeña biblioteca, ese territorio íntimo donde todavía sobreviven, como viejos soldados después de la batalla, centenares de libros que alguna vez acompañaron la juventud, el estudio, las vigilias y hasta los sueños y que, si no los leí, los tuve como plantitas que adornan mi azotea.

Allí estaban textos de medicina que se duplicaron cuando decidí hacer hogar con una colega; los libros de ella se sumaron a los míos. Muchos permanecían intactos, amarillentos, silenciosos, quizá sin haber sido abiertos desde hace medio siglo. Y pensé, no sin cierta melancolía, que los libros también envejecen esperando unos ojos que los despierten. Nuestros hijos siguieron la misma profesión, pero ya pertenecen a otro tiempo. Estudiaron entre pantallas luminosas, fotocopias de PDF y artículos descargados de Internet. Sus bibliotecas no pesan; caben en una memoria portátil o desaparecen con un clic.

Antes, en una biblioteca se podía confiar en que los libros habían atravesado cierto proceso de valoración intelectual, el libro imponía lentitud y obligaba a detenerse, a desmenuzar las ideas, a dialogar consigo mismo. Internet, en cambio, nos acostumbra al sobresalto, a la fragmentación, a la lectura fugaz. Allí conviven la sabiduría y la trivialidad, cuesta distinguir entre el pensamiento trabajado durante años y la ocurrencia improvisada… El libro exigía silencio; la red exige velocidad. Tal vez por eso el mundo sabe hoy muchas más cosas, pero comprende menos.

La cuñada viuda quiso donar la valiosa biblioteca filosófica de su esposo a una universidad. Le agradecieron el gesto, pero le respondieron que no tenían espacio para recibirla. Qué símbolo tan doloroso de nuestra época: sobra información, pero falta lugar para los libros. Entonces la colección de las Obras completas de José Ortega y Gasset, los volúmenes de la Historia de la Filosofía, los tomos de Diccionario de Filosofía…. Éstos se sumaron a los tratados médicos duplicados de Christopher, Harrison, Novak, Cecil, Williams, Nelson…, además de novelas, ensayos y otros textos que aún conservan el olor de otra época.

Ahora me invade una tristeza difícil de explicar cuando imagino que, para las nuevas generaciones, un libro pueda terminar siendo apenas una reliquia o recuerdo, pero inútil. Y entonces me hago la misma pregunta que quizá muchos hombres de mi edad se formulan en silencio frente a sus anaqueles: cuando uno muera, ¿quién heredará estos libros o habrá que despedirlos antes del último aliento? (O)

Dr. Edgar Pesántez

Dr. Edgar Pesántez

Médico-Cirujano. Licenciatura en Ciencias de la Información y Comunicación Social y en Lengua y Literatura. Maestría en Educomunicación y Estudios Culturales y doctorado en Estudios Latinoamericanos.