Frase bíblica que hoy, en plena era de la frivolidad institucionalizada, adquiere renovada vigencia. Vivimos tiempos en los que parecer importa más que ser; en los que el afán no consiste en obrar bien, sino en acumular bienes, aplausos, diplomas, placas, medallas, pergaminos y fotografías para la posteridad. Y si la gloria no alcanza en vida, siempre quedará la esperanza de que algún comité de aduladores gestione un busto, una calle o una sesión solemne después de la muerte.
La historia, sin embargo, suele ser despiadada con esas vanidades. No son pocos los que mandaron erigir monumentos para eternizarse y terminaron derribados, quemados o cubiertos por el estiércol de la historia, mientras sus más fervorosos seguidores huían pronunciando la célebre frase —prontuario universal de la cobardía—: “Ni siquiera lo conozco”.
Hoy, no basta con existir: hay que ser homenajeado. Y si la distinción falta, siempre habrá alguna institución necesitada de protagonismo dispuesta a fabricarlo. Vivimos una inflación de preseas tan escandalosa que pronto será más difícil encontrar ciudadanos sin medallas que generales de opereta con el pecho vacío.
He dejado pasar deliberadamente la temporada de fiestas cívicas, aniversarios y conmemoraciones de todo jaez, donde se reparten reconocimientos con la misma solemnidad con la que en carnaval se arroja papel picado. Se condecora por amistad, compromiso político, intercambio de favores, cálculo social o, simplemente, porque nadie se tomó la molestia de preguntar cuáles fueron los méritos del homenajeado.
Hace poco, en conversación con amigos y académicos, analizábamos estos encumbramientos contemporáneos de personas convertidas, de pronto, en próceres de ocasión. Se entregan preseas post mortem a quienes en vida nadie leyó, escuchó ni respetó y a quienes muchos, incluso, se apresuraron a despreciar; se descubren retratos que nadie volverá a mirar; y se inauguran estatuas destinadas a convertirse, con el tiempo, en urinarios ornamentales de las palomas.
Desde el Gobierno y la Asamblea hasta municipios, consejos provinciales, universidades, gremios y fundaciones de dudosa trascendencia, se distribuyen reconocimientos y donaciones de grandeza a discreción, sin otra consideración que intereses inconfesables, en ceremonias donde todos se felicitan entre sí y nadie recuerda exactamente por qué.
Pese a tanta placa, medalla, insignia y discurso engolado, la historia conserva una mala costumbre: termina olvidando a casi todos los homenajeados y recordando apenas la conducta de unos pocos. Y cuando se apagan los aplausos y se oxidan las preseas, queda al descubierto una verdad incómoda: hay personajes tan insignificantes que necesitan colgarse medallas para adquirir algún peso en la historia. (O)




