El río Yanuncay corre a pocos metros de la casa de María Morocho y Manuel Nariguanga, en la comunidad de Barabón, al oeste de Cuenca. Su sonido acompaña la mañana como una presencia constante, mientras el agua avanza entre piedras rumbo a la ciudad.
En ese entorno, ambos artesanos continúan un oficio ancestral: la cestería. Con paciencia, sus manos trabajan fibras de suro que se transforman en canastas, siguiendo técnicas heredadas durante generaciones.
María tiene 67 años y Manuel 75. Sentados junto a la entrada de su vivienda, ella prepara las fibras y él da forma a las estructuras de las canastas. Entre ambos no hacen falta muchas palabras: el oficio ya construyó su propio lenguaje.
Historia de la cestería en Barabón

Las manos convierten fibras de duda y suro en canastas mediante una técnica transmitida de generación en generación. Cada cruce conserva historia e identidad. / Xavier Caivinagua A.
María recuerda que comenzó a tejer a los 12 años. En ese tiempo, el acceso al suro era más sencillo, ya que crecía en varias zonas cercanas y las familias organizaban jornadas de recolección.
Hoy la realidad es distinta. El material llega principalmente desde la parroquia de Molleturo, y su obtención es cada vez más difícil debido a:
- Restricciones en la extracción de plantas de suro
- Transformación de los terrenos
- Reducción de áreas naturales
- Competencia de productos plásticos
Estos factores han reducido la producción artesanal y el valor económico del trabajo.
La migración y el relevo generacional perdido
Durante décadas, la cestería ayudó a complementar los ingresos familiares. Sin embargo, la migración ha cambiado el panorama.
Muchos jóvenes de Barabón han salido hacia la ciudad o al extranjero en busca de mejores oportunidades. Como resultado, el oficio ha quedado principalmente en manos de adultos mayores.
Manuel, quien aprendió observando a sus padres y abuelos, lamenta que ninguno de sus cuatro hijos haya continuado la tradición. Esta situación se repite en muchas familias de la comunidad.
El renacer del oficio: la iniciativa de Byron Tenesaca

Byron Tenesaca, artista visual y gestor cultural, impulsa iniciativas para documentar y abrir nuevos espacios de valoración para “el arte” de la cestería. / Xavier Caivinagua A.
A pocos metros de la vivienda de María y Manuel, aparece Byron Tenesaca, artista visual y educador, perteneciente a la quinta generación de una familia de tejedores.
Desde niño acompañaba a su abuela a vender canastas en Cuenca, cargando piezas apiladas mientras escuchaba historias familiares.
Tras vivir cerca de 18 años en Estados Unidos, donde estudió arte, historia y educación, regresó a Ecuador con una pregunta clave:
¿Dónde está la historia de su comunidad?
Esa inquietud lo llevó a impulsar la revalorización de la cestería en Barabón.
La cestería como patrimonio cultural y artístico

Durante mucho tiempo las canastas fueron apreciadas únicamente por su utilidad. Servían para transportar cosechas, almacenar maíz o llevar productos al mercado. / Xavier Caivinagua A.
Para Byron, la cestería no es solo un oficio utilitario, sino un patrimonio cultural vivo. Cada canasta representa:
- Saberes ancestrales
- Memoria familiar
- Identidad comunitaria
- Conocimiento transmitido oralmente
Las piezas elaboradas en Barabón han llegado incluso a ferias en Estados Unidos, donde el interés no solo se centra en el objeto, sino en su historia y origen.
Innovación sin perder la tradición
Byron y otros artesanos han impulsado nuevas propuestas:
- Diseños contemporáneos de canastas
- Mochilas ecológicas
- Proyectos de arte utilitario
- Exploración de nuevos mercados
El objetivo es mantener viva la tradición sin perder su esencia ancestral.
Un futuro en riesgo, pero aún posible

Larga caminatas cargando torres de cestas encajadas unas dentro de otras, décadas atrás eso era algo usual entre los tejedores de Barabón. / Cortesía Byron Tenesaca.
Byron también trabaja en la creación de un espacio de memoria para Barabón, donde se conserven:
- Fotografías antiguas
- Testimonios orales
- Canastas históricas
- Relatos de artesanos
El tiempo es un factor urgente: muchos maestros del tejido tienen más de 60 y 70 años.
Un oficio que se resiste a desaparecer
Mientras María y Manuel continúan trabajando, el río Yanuncay sigue su curso como testigo silencioso.
En sus manos nace otra canasta, una más dentro de una tradición que ha sobrevivido durante generaciones. En la pared de adobe cercana, un recorte de prensa recuerda una frase que sigue vigente:
“Un oficio que se resiste a morir”. (I)








