El fútbol, no es el fútbol. Quiero decir, que el juego se ve absolutamente desbordado para convertirse en un campo de significaciones donde la sociedad proyecta su estructura, sus propósitos, sus valores y sus insatisfacciones. En primer lugar, el juego tiene un ámbito reglamentario que permite la acción coherente de los jugadores, que no deja de ser libre y espontánea. De hecho, no solo es la habilidad sino la inteligencia efectiva, la proyección y la intuición del jugador lo que le dota de relevancia dentro del equipo. Todos quisiéramos ser Messi, que no solo es el jugador destacado, es el jugador necesario. El fútbol es un juego colectivo concebido para la victoria. Pero ello no solo depende de la propia estrategia, la táctica, la precisión, el esfuerzo. El resultado ansiado tiene que ver con la colisión con otra voluntad de victoria. En este proceso impreciso y estocástico pueden ocurrir las hazañas y los milagros. Entonces el fútbol deja de ser un juego y se transforma en un rito que organiza el tiempo y la memoria social, más allá de la cotidianidad de la reproducción de la vida. Para Claude Lévi-Strauss, el rito es una práctica simbólica que da sentido a las relaciones entre las personas, la naturaleza y lo sagrado. Pero el juego, que deviene de lo sagrado, aterriza en lo mundano, en su instrumentalización, en su violencia y en su pérdida de significación. El fútbol reconstruye momentáneamente la comunidad en el espejismo de la identificación mientras afianza la monetización de la experiencia de la vida. Nos encanta gritar el hito del gol, festejar con vigor el triunfo o sufrir acompañados en la derrota, todas las cosas que en la vida diaria vamos dejando de poder hacer. (O)








