A los 17 años, Juan Eduardo Naula Albarracín dejó San José de Barabón, en San Joaquín, en Cuenca, con el equipaje que cargan miles de migrantes: esperanza e incertidumbre, y viajó a Estados Unidos (EE.UU) de forma irregular.
Tres décadas después, este migrante cuencano encontró una forma inesperada de devolverle algo al lugar que lo acogió a él y a su familia. Escogió servir desde el trabajo más sencillo. Decidió recoger basura y limpiar espacios públicos.
Esta es una tarea que muchos evitan, pero para Naula se convirtió en un símbolo de compromiso y en un mensaje silencioso que hoy recorre barrios, parques y avenidas de la inmensa ciudad de Los Ángeles.
Hace cerca de 18 meses llegó a esa ciudad para buscar inversión para un proyecto tecnológico. Creía que comenzaría una nueva etapa, pero encontró un escenario muy distinto al que había imaginado.
Parques, avenidas, callejones y autopistas aparecían cubiertos de desperdicios. Aquella imagen lo sorprendió profundamente y terminó cambiando el rumbo de una historia que nunca pensó escribir contó a Diario El Mercurio.

Esperanza
El proyecto empresarial fracasó. También sufrió una estafa económica que golpeó sus planes y mientras enfrentaba esas dificultades, su esposa y su pequeño hijo permanecían todavía en Cuenca, esperando reunirse con él.
En medio de la incertidumbre apareció una decisión sencilla. Sin pensarlo demasiado comenzó a limpiar por cuenta propia. No buscaba reconocimiento. Solo quería hacer algo útil mientras intentaba seguir adelante.
Lo que inició como un gesto individual terminó convirtiéndose en una terapia. Cada bolsa llena de basura era también una forma de aliviar el peso de las preocupaciones que llevaba acumuladas desde su llegada.
Barrer las calles significaba, por unas horas, ordenar también el caos que llevaba por dentro. Mientras la ciudad recuperaba un espacio limpio, él encontraba un respiro para continuar enfrentando la vida.
Voluntario
Sin recibir un solo dólar, compró con su propio dinero bolsas, guantes y herramientas. A las cinco semanas de haber llegado ya recorría distintos sectores limpiando completamente solo cada jornada.
Nadie se lo pidió. Nadie le pagó. Simplemente decidió hacerlo porque sintió que alguien debía empezar. Así transformó una acción cotidiana en un ejemplo de servicio que pronto comenzó a llamar la atención.
Así nació Clean LA With Me, una organización que hoy identifica un movimiento ciudadano. Entre semana trabaja completamente solo y cada sábado organiza mingas inspiradas en el trabajo comunitario andino.
Las convocatorias comenzaron con pocas personas. Hoy pueden reunirse entre cinco y 50 voluntarios cada fin de semana. Poco a poco, la solidaridad fue reemplazando la indiferencia de los primeros días.
En poco más de un año calcula que más de 1.000 personas han participado en las jornadas de limpieza. Lo que nació con una escoba y unas bolsas terminó movilizando a toda una comunidad.

Solidaridad
El proyecto también fue despertando solidaridad. Las herramientas, la camioneta y buena parte del equipamiento llegaron mediante donaciones de ciudadanos, incluso desde otros estados de EE.UU.
La comunidad comenzó a creer en una causa nacida únicamente desde la voluntad. Personas que nunca lo habían visto decidieron aportar para que las jornadas de limpieza pudieran continuar creciendo.
Su trabajo no pasó desapercibido, pues autoridades de Los Ángeles y de otras autoridades locales le entregaron reconocimientos por una labor que transformó espacios olvidados y también muchas conciencias.
Paradójicamente, esa visibilidad también generó incomodidad. Su trabajo evidenciaba un problema que muchos preferían ignorar y dejaba al descubierto la falta de atención sobre numerosos espacios públicos.
Cada jornada representa un gasto cercano a los 200 dólares entre combustible y disposición final de los desechos. Aun así, continúa saliendo todos los días porque siente que la ciudad lo necesita.

El Tiempo
Hay sectores donde permanece dos horas y otros que demandan casi una jornada completa. El tiempo nunca ha sido un obstáculo cuando el propósito es devolver dignidad a un espacio abandonado.
Para dedicarse por completo a esta misión cerró la empresa de construcción que mantuvo durante más de dos décadas. Cambió la estabilidad económica por un proyecto construido desde la convicción.
Hoy sostiene a su familia gracias a las donaciones y a los ingresos que generan sus contenidos en redes sociales. Cada video también ayuda a financiar una causa que sigue creciendo día tras día.
Una batalla
Su mayor batalla, sin embargo, no está en las calles. Su hijo de 16 meses espera un trasplante de hígado en Los Ángeles, luego de que en Ecuador no fuera posible hacer ese intervención.
Mientras aguarda esa llamada que puede cambiar la vida de su hijo, Naula sigue limpiando. Este cuencano entendió que incluso en los momentos más difíciles siempre hay algo que todavía puede salvarse.
A veces es una calle. A veces un parque. A veces una esquina olvidada. Y otras veces es la esperanza, esa fuerza silenciosa que sostiene a quienes deciden seguir caminando pese a las dificultades.
Positivos
Su historia también habla de otra realidad. En tiempos donde las noticias sobre migración suelen estar marcadas por tragedias, él representa el rostro silencioso de quienes construyen comunidad.
Naula conoce el peso de la palabra migrante. En 2008 enfrentó un proceso de deportación, pero logró regularizar su situación. Esa experiencia fortaleció su convicción de seguir aportando al país que lo recibió.
Por eso insiste en que la inmensa mayoría de migrantes solo busca una oportunidad para trabajar, servir y construir un futuro digno. Cree que esas historias también merecen ser contadas y reconocidas.
Su mensaje va mucho más allá de recoger basura. Habla de proteger el ambiente, cuidar los espacios públicos y comprender que el abandono también termina afectando la calidad de vida de todos.
Para él, limpiar una ciudad significa devolverle dignidad y demostrar que una pequeña acción puede inspirar a cientos de personas y transformar la manera en que una comunidad mira su entorno.
En cada minga demuestra que un ecuatoriano también puede dejar huella con una escoba, un par de guantes y la firme decisión de servir. A veces los actos más grandes comienzan con los gestos más humildes.
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