Cuando la derrota duele hasta llevarnos a las lágrimas, es importante rescatar la capacidad que tenemos para unirnos bajo un propósito común. La caída de Ecuador frente a México en el Mundial nos recuerda que el fútbol es más que un resultado: es un reflejo de nuestra capacidad de resiliencia y unidad. Bien decían algunos mensajes en las redes sociales que, si pusiéramos la misma atención e intención en conocer a los jugadores, al director técnico, las tácticas y estrategias del juego junto a las capacidades y limitaciones de nuestros oponentes, la historia política del país sería distinta y gozaríamos de la madurez necesaria para fortalecer la democracia que tan debilitada se encuentra. El esfuerzo de jugadores y cuerpo técnico no se borra con la derrota; al contrario, nos invita a reconocer el camino recorrido en una competencia cada vez más exigente. Así como en el deporte, también en la vida nacional necesitamos transformar la frustración en aprendizaje y convencernos que somos capaces de grandes transformaciones en beneficio del bien común, eliminando el uso populista de una pasión para ocultar dolorosas realidades: no queremos pan y circo para mantenernos distraídos evitando que cuestionemos al poder y reclamemos los cambios que requiere un país como el nuestro que está entre los más violentos de la región. El reto es transformar esta frustración y que esta experiencia sea la semilla de nuevos tiempos: un Ecuador sin violencia, más equitativo e inclusivo, donde la pasión y la disciplina se conviertan en fuerza colectiva para alcanzar los sueños compartidos. (O)






