La grandeza de la Iglesia Católica no se mide por la altura de sus templos, sino por la profundidad del servicio de sus pastores. Monseñor NÉSTOR HERRERA, obispo emérito de Machala, acaba de presentarse al Señor de la viday y deja una huella imborrable, tanto en la estructura institucional como en la Iglesia viva, la conformada, sobre todo, por el pueblo llano, que siempre encontró en él a un verdadero padre.
Su ministerio comenzó y se forjó en los parajes de las parroquias rurales de Cotopaxi. Allí, entre las realidades de la gente sencilla, aprendió el lenguaje de la compasión. En los años setenta, una época marcada por la profunda preocupación de la Iglesia ante la cuestión social, fue enviado a Europa para perfeccionar su formación. A su regreso, volcó ese conocimiento en su tierra como Vicario General de Latacunga, luego como Rector del Seminario Mayor San José de Quito y catedrático de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, donde tuve la fortuna de tenerle como profesor. En las aulas se distinguió por una claridad lumínica y una asombrosa capacidad de síntesis, preparando el corazón de los futuros sacerdotes.
Su consagración definitiva con el pueblo de Dios se consolidó durante sus 28 años como Obispo de Machala. El eje de su ministerio fue el impulso a las COMUNIDADES ECLESIALES DE BASE, inspiradas en una auténtica Teología de la Liberación; es decir, en aquella que no discrimina ni divide, sino que busca con lucidez la verdad y la redención integral del ser humano. Entre sus múltiples virtudes sobresalen dos cualidades excepcionales. Primero, su agudeza para comprender el alma humana, lo que le permitía guiar y ayudar a las personas con un fundamento sólido en sus necesidades reales. Segundo, la nitidez y hondura de sus homilías, recopiladas en su obra «Homilías en diversas celebraciones». Sus predicaciones encarnan perfectamente el mandato de la exhortación Evangelii Gaudium: “reconocer el corazón de la comunidad para buscar dónde está vivo el deseo de Dios y rescatar aquel diálogo amoroso que parece sofocado”. Su amor por la memoria eclesial quedó plasmado también en su valiosa investigación histórica sobre el Seminario San José de Quito, desde sus orígenes coloniales.
Monseñor Néstor representa el ideal del pastor con olor a oveja: un intelectual brillante, un administrador fiel, pero, por encima de todo, un servidor humilde que entregó su vida para que los más sencillos experimentaran la dignidad del Reino de Dios. (O)






