España levanta la Copa del Mundo 2026 y el planeta vuelve a detenerse frente a un balón. Durante noventa minutos, millones dejamos de ser extraños para vestir los mismos colores, cantar el mismo himno y sentir que una victoria o una derrota también nos pertenece. Esa es la magia del fútbol: convertir a individuos en una comunidad capaz de compartir lágrimas, abrazos y esperanza.
Pero esa pasión también nos interpela. En su nombre han ocurrido desmanes que han cobrado vidas, insultos que nunca debieron pronunciarse, expresiones de racismo y xenofobia que deshonran al deporte y una violencia que contradice el espíritu del juego. Al mismo tiempo, los memes nos hacen reír, las reuniones familiares nos unen y las calles se llenan de una alegría difícil de explicar. El fútbol revela lo mejor y lo peor de la sociedad.
Que esta final nos recuerde que representar a un país también significa representar sus valores. Cada selección lleva consigo una historia, una cultura, una gastronomía y una identidad que merecen ser conocidas y respetadas. El rival no es un enemigo, sino quien hace posible el espectáculo y nos invita a superarnos.
Celebrar con humildad, perder con dignidad y competir con respeto es la verdadera victoria. Que el Mundial deje como legado mucho más que un campeón: una lección de convivencia. Porque cuando el último silbato calla, seguimos compartiendo el mismo planeta. Ojalá que la próxima gran celebración del fútbol sea recordada no por la violencia en algunos casos, sino por la paz con la que el mundo decidió vivir su fiesta. !Qué bien por España! (O)
X: @monicabanegasc









