Razón de las humanidades

En nuestra época de estudiantes, muchas carreras universitarias incluían asignaturas pertenecientes a las Humanidades, ese amplio campo del conocimiento dedicado al estudio del ser humano, su pensamiento, su cultura y sus manifestaciones a lo largo de la historia. Filosofía, Historia, Literatura, Lingüística, Ética, Antropología cultural, Teología, Estética y otras disciplinas contribuían a la formación integral de la persona, cultivando el juicio crítico y la reflexión. Hoy, en cambio, las universidades las han relegado o eliminado, como si fueran vestigios de un pasado prescindible, desplazadas por el predominio de la ciencia, tecnología y el mundo virtual.

Vivimos en una época en la que la utilidad inmediata se ha convertido en el criterio supremo de valoración. Todo se mide por su rentabilidad, eficiencia o aplicación práctica. Paralelamente, el debate público gira en torno a nuevas corrientes e ideologías —como las de género, el ecologismo radical, la igualdad entre todas las formas de vida, el multiculturalismo, la globalización como aldea, la eutanasia o el aborto— que, independientemente de la posición que se adopte frente a ellas, evidencian profundas transformaciones culturales y éticas.

A ello se suma una confianza casi ilimitada en la técnica y la tecnología, investidas por muchos de un supuesto poder redentor, como si fueran capaces de resolver, por sí solas, los grandes problemas de la humanidad. En este contexto, no resulta extraño que las Humanidades permanezcan bajo un cuestionamiento constante. Renunciar a ellas equivale, en buena medida, a abdicar de nuestra propia condición humana, precisamente aquello que más necesita una sociedad contemporánea sumida en el caos.

Los hechos parecen demostrar que el progreso material no siempre va acompañado de un auténtico desarrollo humano. Es innegable que la ciencia y la tecnología han elevado el bienestar material, pero no han logrado mejora la conducta del hombre, su relación con la naturaleza, con su conciencia, con la fe ni con sus semejantes. El desarrollo técnico, desprovisto de fundamentos éticos y humanísticos, corre el riesgo de convertirse en un instrumento poderoso, pero carente de dirección moral.

Es tiempo de que la academia recupere el liderazgo intelectual que alguna vez la distinguió. Si aún existen maestros capaces de iluminar el pensamiento —como Diógenes buscaba con su lámpara a un hombre verdaderamente virtuoso—, corresponde a ellos promover una profunda renovación de la educación y de las conciencias. Solo así será posible formar ciudadanos capaces de juzgar críticamente el presente, imaginar un futuro mejor y construir una sociedad más justa, libre y verdaderamente humana. Las Humanidades siguen siendo un instrumento de valor inconmensurable para alcanzar ese propósito. (O)

Dr. Edgar Pesántez

Dr. Edgar Pesántez

Médico-Cirujano. Licenciatura en Ciencias de la Información y Comunicación Social y en Lengua y Literatura. Maestría en Educomunicación y Estudios Culturales y doctorado en Estudios Latinoamericanos.