Es difícil no sentir tristeza e impotencia al caminar por Cuenca y ver cómo una ciudad que siempre nos ha llenado de orgullo empieza a cambiar. Una ciudad reconocida por su belleza, orden y cuidado de sus espacios públicos hoy muestra señales que preocupan: basura en las calles, residuos en las esquinas, desperdicios junto a parques, veredas y lugares que pertenecen a todos.
Lo más preocupante no es solo encontrar basura, sino descubrir que poco a poco estamos empezando a aceptarla como parte del paisaje; lo que antes nos indignaba hoy parece volverse cotidiano. Y cuando dejamos de sorprendernos ante el deterioro de nuestro entorno, no solo perdemos limpieza; perdemos también el sentido de pertenencia que nos impulsa a cuidar lo que es nuestro.
Cuenca no es únicamente sus ríos, sus calles patrimoniales o sus paisajes; Cuenca somos quienes la habitamos y la forma en que decidimos respetarla. Una ciudad no se deteriora de un día para otro: se deteriora cuando las pequeñas acciones irresponsables se repiten y cuando la indiferencia termina ocupando el lugar del compromiso.
Desde la frustración que me genera ver esta realidad, me atrevería a plantear una ordenanza que establezca corresponsabilidad ciudadana, para que cada propietario mantenga limpio el espacio frente a su inmueble, desde la puerta de su casa hasta el filo de la acera. No porque toda la basura sea su responsabilidad, sino porque recuperar el respeto por el espacio público exige que todos asumamos un compromiso con la ciudad que compartimos.
La educación ambiental y el respeto al espacio público deben continuar, pero no pueden quedarse únicamente en llamados que se repiten mientras el problema avanza; cuando la conciencia no alcanza, las normas deben actuar. Una ciudad limpia necesita ciudadanos comprometidos, pero también reglas claras y la voluntad de hacerlas cumplir.
Ya hemos visto cómo otros problemas comenzaron de manera silenciosa. Ese turismo irrespetuoso, desordenado e inseguro que muchos minimizaron al inicio llegó poco a poco, casi sin advertirlo y hoy representa una preocupación para Cuenca por sus efectos en la convivencia, la seguridad, el uso del espacio público y la calidad de vida. La basura puede seguir el mismo camino si no reaccionamos ahora.
No se trata de señalar culpables, sino de reconocer que algo está ocurriendo y que todavía estamos a tiempo de cambiarlo. Cuenca merece que volvamos a sentir orgullo por sus calles, sus parques y sus espacios compartidos. Merece que entendamos que la ciudad no termina detrás de la puerta de nuestra casa; empieza justamente allí. (O)









