Manos que abren caminos

Fotografía por la autora. Giza, Egipto.

Hay mujeres que quizá jamás han pronunciado la palabra empoderamiento. Puede que ni siquiera sepan lo que significa, pero llevan toda la vida practicándolo.

Las he visto en las calles, trabajando y luchando por llevar el sustento a sus hogares. Mujeres que no esperan ni dependen únicamente del trabajo de otra persona, sino que aportan también el suyo. Y no solo con sus manos, como artesanas o agricultoras, sino con largas jornadas de trabajo, a veces recorriendo las calles, atendiendo sus puestos en los mercados o instalándose incluso en una acera, tratando de convencer al transeúnte de que aquello que producen y venden vale la pena.

Tal vez nunca estudiaron administración de empresas, pero administran una. Saben llevar sus cuentas, negociar con proveedores y clientes, calcular cuánto cuesta la materia prima y cuánto pueden invertir para obtener una mejor ganancia. Conocen el valor de su trabajo, saben hasta dónde pueden negociar un precio y entienden, muchas veces sin haberlo aprendido en un aula, las reglas elementales de un mercado en el que se desenvuelven todos los días.

Y no pertenecen a un solo país ni a una sola cultura. Las he visto en América Latina y también al otro lado del mundo. En Egipto, amasando el pan o trabajando pequeñas joyas; en Italia, preparando una pizza o vendiendo castañas asadas en la calle; en México, sirviendo champurrado, tamales o tacos. Cambian los rostros, los idiomas, los vestidos y los productos que ofrecen, pero hay algo que se parece mucho entre ellas: la necesidad de salir adelante y la decisión de encontrar, con aquello que saben hacer, una manera de conseguirlo.

Una vez, mientras caminaba por la Plaza Central de La Antigua Guatemala, me enamoré de un camino de mesa tejido a mano. La mujer indígena que me lo ofreció se llamaba Emilia. Yo quería comprarlo, pero ese día no llevaba suficiente dinero.

“Llevátelo, llevátelo hoy mismo”, me insistía.

Le expliqué que no. “Emilia, yo quiero pagarte lo que vale tu trabajo, pero hoy no puedo. Voy a regresar mañana. Dime a qué hora vas a estar aquí y yo te busco”. Quedamos en vernos alrededor de las tres de la tarde y acordamos el precio.

Al día siguiente regresé a buscarla, pero Emilia no estaba. Después de recorrer el lugar durante un rato, empecé a pensar que quizá no llegaría. Hasta que de pronto apareció. Llevaba consigo el mismo camino de mesa que yo había escogido y, apenas me vio, me preguntó: “¿Vas a llevar tu caminito?”.

“Sí, lo voy a llevar”, le contesté. Y le di un abrazo.

Aquello, que podría parecer apenas una pequeña venta, me dijo mucho sobre ella. Emilia podía haber pasado el día recorriendo otros lugares, ofreciendo aquel tejido a cualquier comprador que apareciera. Pero había hecho un compromiso conmigo y regresó a cumplirlo. Habíamos acordado un producto, un precio, una hora y un lugar. Para mí, eso también era saber hacer negocios.

Muchas veces vemos el producto antes que a la mujer que lo ofrece. Vemos el tejido, la artesanía, las frutas, las verduras y, naturalmente, miramos el precio. Pero detrás de cada una de esas cosas hay una historia que pocas veces conocemos. Está la mujer que se levantó temprano, preparó a sus hijos y les dio de comer antes de salir a trabajar; la que quizá tuvo que llevar al más pequeño a cuestas porque no tenía con quién dejarlo; la que recorrió un largo camino para llegar hasta allí y ahora espera durante horas que alguien se detenga frente a su puesto.

No sabemos si esa mañana salió de casa preocupada, si tuvo que contener las lágrimas por algún problema que dejó puertas adentro o si, al terminar el día, regresará sin haber vendido lo suficiente. Nosotros vemos aquello que necesitamos o aquello que nos gustó. Ella, en cambio, puede estar mirando en cada venta la comida de esa noche, los cuadernos de sus hijos o el dinero que necesita para volver a trabajar al día siguiente.

Y quizá ahí esté una parte de su fortaleza que no siempre alcanzamos a ver: detrás de la artesanía, de la fruta o del pequeño puesto en una acera hay una mujer que sigue intentando salir adelante, aun en los días en que nadie se detiene a comprar. No abandona ni el trabajo ni al hijo porque, sencillamente, muchas veces no tiene el lujo de escoger entre los dos.

Muchas de estas mujeres han crecido, lamentablemente, en sociedades y culturas donde su esfuerzo no siempre recibe el reconocimiento que merece. Y algunas, no todas, después de pasar el día trabajando, negociando y tomando sus propias decisiones, regresan a hogares donde todavía encuentran padres o maridos machistas que las someten, las humillan, las explotan o incluso las golpean. Es una contradicción dolorosa: algunas, afuera pueden ser dueñas de su trabajo y de sus decisiones, mientras puertas adentro todavía hay quienes pretenden negarles esa misma autonomía.

Pero tampoco eso las define. Al día siguiente vuelven a levantarse y salen nuevamente a trabajar. Salen, porque saben que pueden. Porque saben que son fuertes y, quizá en un lugar muy profundo de sí mismas, también saben cuánto valen.

Quizá por eso pienso que el empoderamiento no siempre comienza con una palabra, un título universitario o una declaración de independencia. A veces comienza mucho antes: en unas manos que aprendieron a trabajar, en una mujer que descubrió que podía producir algo y venderlo, negociar su precio y regresar a casa sabiendo que aquel día había contribuido a sostener a su familia.

Son mujeres que trabajan la tierra, tejen, cocinan, moldean el barro, hacen pan, venden frutas, verduras, tejidos o artesanías. Mujeres que hacen cuentas, negocian y crían. Algunas tuvieron muy pocos caminos abiertos para ellas y, sin embargo, pasan buena parte de su vida abriéndolos para los demás.

Abren caminos para sus familias. Para que sus hijos estudien y tengan oportunidades que quizá ellas no tuvieron. Para otras mujeres que las observan y descubren que también pueden hacerlo.

Tal vez algunas nunca sepan qué significa la palabra empoderamiento. Tampoco importa demasiado. Porque hay palabras que se aprenden en los libros y otras cuyo significado se aprende viviendo.

Y ellas, con sus manos, llevan toda la vida abriendo caminos.

Lcd. Claudia Sagal

Lcd. Claudia Sagal

Periodista de investigación internacional, novelista bilingüe (español–inglés) y conferencista. Ganadora de un premio Emmy y tres reconocimientos UNICEF por su labor en televisión. Ha cubierto historias en América, Europa y Medio Oriente. Actualmente reside en Cuenca y escribe sobre cultura, historia e identidad en diálogo con el mundo.