Escribo para gente que comparte usanzas y obedece a códigos morales de viejo cuño. Hermanarnos en normas ancestrales y sentir que caminamos codo a codo hacia un destino similar, es sano y enriquecedor; además es señal de buen juicio porque la soledad, hoy más que nunca, es precursora de riesgos que no vale la pena correrlos. En este contexto me he preguntado,
varias veces, ¿qué pasa con la vergüenza?, porque corremos el peligro de acostumbrarnos a dichos y comportamientos, reñidos con las costumbres y virtudes, hasta tal punto, de considerarlas como algo normal y corriente.
El párrafo que acaban de leer esconde un tema, algo ingrato si se quiere, pero que merece ser tratado en este contexto: la vergüenza. Nunca olvido a mi abuelita Adelaida, en el Guabo, cerca de Sígsig, cuando nos reprochaba porque habíamos hecho algo inadecuado: “ni vergüenza siquiera tienen”; con estas palabras nos inculcaba comportarnos adecuadamente y sentir vergüenza cuando llegábamos a conculcar las disposiciones. Por aquello que vemos suceder en nuestros entornos bien podemos declarar a la vergüenza en peligro de extinción. Alguien dijo que la vergüenza es el policía más barato, porque nos impide que obremos mal.
Los medios de información, de un tiempo acá, están llenos de escándalos, de actos ajenos a la moral. Al parecer, una cantidad de actuaciones al margen de la ley son ahora algo normal y corriente: hemos dejado de sorprendernos, de avergonzarnos. Familias completas están siendo perseguidas por la justicia. Que papá, mamá, los hijos, parientes cercanos o vecinos se hallen sentenciados por la ley, ya no llama la atención, ni al entorno familiar. Los mencionados no conocen la vergüenza porque ya no se trata de algo anormal, es parte del diario vivir. El hurto es destreza, la vergüenza cobardía. ¿Qué nos pasó? (O)






