El scroll se detiene ante la impactante imagen o el desconcertante titular que convoca la furia y exige una reacción inmediata: indignación, pánico y, por su puesto, no falta más, ni podría ser de otra manera, el linchamiento mediático que, para conciliar la conciencia y contener cualquier forma de remordimiento ético, le hemos llamado artísticamente funa.
Así, de manera automática, en menos de tres minutos compartimos, producimos, reproducimos, en efecto bola de nieve y nos convertimos, sin conciencia real, en parte del engranaje de una ruleta utilitaria volátil, fatua, ambivalente. Las fake news no son fallo accidental, son un producto construido desde un sistema de manipulación emocional, donde la posverdad y la desinformación reconfiguran nuestra percepción cognitiva, haciendo que la emoción y la creencia sustituyan a la evidencia como criterios primordiales de certeza.
La arquitectura de la mentira disfraza de opinión y credibilidad, de interés genuino y de lucha-causa una infraestructura diseñada para monetizar el caos; cada vez nuevas plataformas deconstruyen la esfera pública como mercado transaccional de la indignación como moneda de cambio para convocar la velocidad de propagación del escándalo sobre la veracidad.
La desinformación como dispositivo de control político funciona en tanto se ancle tanto en la reproducción de “vocerías independientes” cuanto en un complaciente modelo de consumo del enlatado sobre la investigación como modo de producción de textos y contextos; es decir, la ética informativa no es un exclusivo asunto de medios, sino un imperativo de resistencia de los usuarios.
La verdad como fin, la duda como camino, la manipulación como contradictor; recuperar la ética en los procesos narrativos de lo noticioso demanda detener la inercia del clic compulsivo; porque hoy, más que nunca verificar es un acto de rebeldía y soberanía de la ética y el respeto. (O)






