Hay aplausos que celebran y otros que simplemente evitan la incomodidad de quedarse con las manos quietas. Desde afuera suenan exactamente igual.
Elisabeth Noelle-Neumann llamó espiral del silencio a un fenómeno parecido. Cuando las personas perciben que su opinión está en minoría, pueden preferir callarla por temor al aislamiento. El silencio de unos convence a otros de que son los únicos que piensan diferente, y así la espiral gira, hasta que resulta difícil distinguir entre la opinión mayoritaria y la opinión más visible.
Yo lo he visto en aulas, en reuniones de trabajo, en política. Alguien dice algo con suficiente seguridad y el grupo asiente, aunque en el corredor, diez minutos después, tres personas en privado confiesen que pensaban exactamente lo contrario. A veces la incomodidad de pensar diferente pesa más que la de callar.
Las redes sociales añadieron algo nuevo al fenómeno, la posibilidad de contar las señales de aprobación. Esto tiene sentido cuando los números son genuinos. Cuando no lo son, se convierten en una ilusión. Hoy podemos fabricar la apariencia de una mayoría con bastante facilidad: seguidores, likes, comentarios, reproducciones.
El problema no es solo el silencio individual. Es que el silencio colectivo deforma la realidad compartida. Cuando todos actúan como si estuvieran de acuerdo, aunque no lo estén, la conversación genuina desaparece. Porque las apariencias pueden engañar a quienes las observan, pero también, y esto es lo más interesante, a quienes las fabrican.
Aplauso de cortesía, se le llama en el mundo de la música. Ese que se da no porque la actuación haya sido extraordinaria, sino porque sería incómodo no darlo. Repetido suficientes veces, termina por convencer al artista de que todo estuvo bien. (O)
@ceciliaugalde






