Sugerente poemario de Carlos Álvarez Pazos que desde su portada, un atardecer que se prolonga y difumina en un crepúsculo otoñal al final del sendero de un paisaje andino, ya sugiere claves para leer sus versos, un libro siempre es una unidad en el que todos sus componentes aportan a desarrollar una idea y, los epígrafes: “Siempre estoy como despidiéndome, /como diciendo Adiós/ a este sueño;/ a este vuelo de pájaro/de brizna,/ de adioses” de Eugenio Moreno Heredia y, de Walt Whitman : “Valora la belleza de las cosas simples./Se puede hacer bella poesía/ sobre las pequeñas cosas”, definitivamente revelan una poética de celebración de la vida desde un íntimo otoño vivencial.
Poesía testimonial como diría Rubén Astudillo y A, -la poesía no salva ni condena solo nos deja una evidencia-; poesía telúrica como decía Jacinto Cordero Espinosa, al referirse a “De tierra, el fuego y los recuerdos” de Rubén, que también hace del medio rural y sus habitantes motivos de su poética; poesía de la contemplación de la vida desde la pendiente del retorno: “la del viajero, detenido en el tiempo, absorto en la visión de la senda transitada” que analiza Marco Tello Espinoza; “La poesía como un gran encuentro con la vida”, dice Carlos Pérez Agustí, en la que priman el amor a la vida y a la naturaleza, la solidaridad, la sensibilidad social, la cosmovisión andina, el paisaje rural, sus habitantes y su cotidianidad, temática central de estos poemas, analiza. La lectura de estos versos nos lleva por espacios bucólicos que, sin embargo, afinan la sensibilidad ante la levedad de la existencia. El poemario se desarrolla en cuatro partes: Salmos de la Tierra, Los Seres Progenitores de la Vida, Recorriendo los Caminos, y Elegía y Cantos de Esperanza.
Poesía que celebra la interrelación hombre – cosmos – naturaleza que celebraron las culturas andinas; poesía existencial que nos recuerda lo fugaz de la existencia: “como el efímero parpadeo del relámpago” dice el poeta; lo trascendente de vivir a plenitud cada instante, porque la vida solo es eso: “deslumbrante resplandor de los instantes” afirma, y la certeza ancestral del eterno retorno: “Retornaremos en sol, en flor, en agua”. (O)










