Decidimos seguir adelante aun sabiendo el final. Nadie miró la puerta. Nadie bajó los ojos. Nadie ofreció cuartel. Pero hoy, para esa mirada que sabe a despedida, no tengo respuesta. Tomo del estante una botella de ron añejo, brillante y oscuro. Lo sirvo sobre un leve fondo de amaretto lustroso, usando un par de copas pequeñas y ligeramente cerradas para concentrar el aroma. Lo sirvo sin hielo, con una piel de naranja muy fina. Es un trago dulce, que se enreda, que secuestra el paladar y hace innecesarias las palabras. Justo lo que necesitamos.
Soy consciente de que ya no queda mucho tiempo. Mañana a esta hora me habré ido. Y los minutos corren. El teléfono, impaciente, no deja de vibrar. Lo destierro, lo escondo bajo un viejo libro de Rojas Guardia, abierto en un verso que dice: “… cuando tú vienes, no has venido, estás ya desde siempre…”
Tomo una tablilla y comienzo a triturar cuidadosamente unos pocos tomates de acidez roja y luminosa. Una pizca de sal, ajo y unas hojas de albahaca para perfumar. El fuego lento y paciente hará lo demás. Enciendo un cigarro; las volutas de humo con sabor a madera me obligan a navegar hacia esa tristeza linda que se llama nostalgia. Ella espera en la habitación de al lado. Y yo estoy aquí, desperdiciando esos minutos preciosos pensando en que no me gustan las despedidas. Corto cuatro rodajas de pan que baño con un hilo de aceite de oliva y acompaño con dos pedazos de queso azul, con un aroma penetrante que llega antes del sabor y con esa cremosidad terrosa y persistente, como este recuerdo, que se niega a desaparecer.
Cenamos juntos. La salsa servida sobre una discreta porción de pasta al dente, apenas cocida. Decido acompañar la cena con un syrah profundo que escancio en el tenue cristal de un par de copas mientras pienso que nosotros somos este vino: intenso, amargo, sensual y fugaz. Tomo mi saco y mi bufanda. Dejo allí la botella a medio terminar. No la vuelvas a cerrar. Mejor termínala sola. Es un vino joven; no queremos que se eche a perder… (O)
@andresugaldev









