En la Constitución de 1998 se dispuso que la reelección presidencial en nuestro país solamente pueda realizarse por una ocasión y saltando un período presidencial, es decir, no había ninguna posibilidad de que un presidente en funciones pueda ser candidato a una posible reelección, como tampoco había ninguna posibilidad de una reelección indefinida. La Constitución del 2008 (Montecristi), “hechos los que nada”, eliminó lo de “saltando un período” y abrieron las puertas a la reelección presidencial “inmediata”, pero por una sola vez. Más tarde, el mismo correísmo intentó plantear un referéndum sobre la reelección indefinida, pero las encuestas dijeron nones, nunca se dio el referéndum y el resto es historia sabida.
Lula, Daniel Ortega, Chávez, Maduro, don Evo, los Castro y Bukele, son un claro ejemplo de un desmedido afán por eternizarse en el poder. Maniobras más maniobras menos, pero casi todos ellos han sido protagonistas de acciones tendientes, unas veces mediante reformas constitucionales, otras mediante acciones inconstitucionales, otras mediante la fuerza, para optar por reelecciones indefinidas. Las recientes declaraciones de Ortega, sobre que ya no habrá más elecciones en Nicaragua, me exime de comentarios, excepto el resaltar que la desfachatez y el despotismo del dictador caribeño, lucen más compatibles con alguna dolencia mental que con un cálculo populista.
Una característica de los “camotes” del poder es que los órganos de control independientes les provocan inflamaciones hemorroidales, insomnio y gastritis. No toleran las críticas y creen que la sumisión de las instituciones electorales son un factor clave para la satisfacción de sus ambiciones. No importa de que color sean ni que ideología los cobije, la verdad es que, en el momento que comienzan a acariciar la idea de permanecer frente al poder, más tiempo del concedido por las leyes y la buena fe, pasan a formar parte de aquel grupo “privilegiado” que terminan fugados, presos, o con sus monumentos echados al suelo en pedazos, por la acción de una máquina o de una enardecida muchedumbre. (O)









