Como tantas veces se ha dicho, Ecuador es el país donde reina el cortoplacismo, y es cátedra postergada la planificación.
En asuntos de interés nacional no se impone más que una visión, digamos que miope.
Hablar de políticas públicas hacia un horizonte de 5, 10, 15, 20, 30, 40 años es una quimera.
Claro que la alta y cara burocracia disimula su permanencia elaborando uno que otro plan cuya ejecución desaparece tan pronto llega un nuevo gobierno.
Cuando el país se aproxima, una vez más, a la oscuridad programada, producto de los casi seguros apagones, vale preguntar, ¿qué pasó con el Plan Maestro de Electricidad 2026?
El estiaje, que fue advertido a tiempo, comienza a poner su firma.
El gobierno tuvo tiempo para, con responsabilidad, demostrar su capacidad ejecutoria, tomar las medidas necesarias a fin de garantizar el normal servicio eléctrico, no solo para los hogares, también para el sector industrial.
Pero no. Eso no ha ocurrido. Las consecuencias están a la vista.
Si eso que era para hoy; para ayer, dirán muchos, se le ha ido de las manos, mucho peor con el Plan Maestro.
El manejo de las diversas instituciones encargadas del rubro electricidad, no solo ha sido víctima de la improvisación, también de la corrupción.
Políticos o simples neófitos en administración pública, apenas parte del séquito de confianza del gobernante, asumen un rol que es netamente para técnicos en la materia. Los pobres resultados de su gestión no admiten duda.
En cuanto a servicios públicos, si se hiciera una pirámide de prioridades, en la cima estuvieran los ecuatorianos. Abajo, muy abajo, los funcionarios.
Se creería que el gobernante, por provenir del mundo empresarial, era un ejecutivo, un visionario que intuye los problemas que se le vienen, hubiera dado los pasos necesarios y urgentes para no verse ahora en aprietos, si bien algunas decisiones sucumbieron en la inoperancia y corrupción de sus mandos medios.







