DE HISTORIA EN HISTORIA
El 12 de octubre de 1931 fue inaugurado, en Río de Janeiro, el Cristo Redentor, considerado como una de las maravillas del mundo más subestimadas. Guarda un montón de secretos fascinantes. Levantado en la cima del Corcovado para rememorar el centenario de la independencia de Brasil, es la mayor hazaña de ingeniería de los años veinte de ese país. Además, esta obra fue financiada íntegramente con donaciones de ciudadanos brasileños.
El diseño de este coloso pasó por varias etapas. En un principio se barajó la propuesta de construir una cruz enorme o una estatua de Jesús con un globo terráqueo. Finalmente, se optó por la imagen icónica que hoy conocemos. Uno de los mayores desafíos fue el transporte de los materiales de construcción hasta la cima. Para ello se usó un tren cremallera que ascendía por la ladera del cerro, transportando hormigón armado, las piezas de la estructura y los equipos necesarios.
El ingeniero en jefe fue Heitor da Silva Costa que descartó la utilización de acero para evitar la corrosión del aire salino; y construyó la gigantesca estructura con hormigón armado. El escultor Paul Landowski modeló las manos y la cabeza en su estudio art decó de Paris. Y el ingeniero Albert Caquot, diseñó una estructura capaz de soportar vientos de hasta más de 200 km por hora. Además, como problema añadido, el Cristo del Corcovado está a más de 700 metros de altura, por lo tanto, es un imán para los rayos.
Por ese motivo, su cabeza y sus manos actúan como un pararrayos gigante con cables que recorren toda la estatua hasta la base. Otra cuestión es que el hormigón, ante los cambios de temperatura, se agrieta con facilidad, y para protegerlo lo recubrieron con un mosaico conformado por más de seis millones de piedras triangulares de jabón, que en realidad es un mineral que se llama esteatita. Este material no se dilata y resiste el clima extremo. Estas piezas triangulares las pegaron mujeres voluntarias sobre mallas de tela.
Imagínense seis millones de triángulos colocados a mano, con infinita paciencia y precisión. Antes de fijarlos a estas mallas, muchas de ellas escribieron en el reverso de esas piedras los nombres de sus maridos o sus deseos más profundos.
Este último detalle resulta muy bonito, dejando al Cristo Redentor revestido por los anhelos ocultos e historias invisibles de aquellas mujeres que donaron no sólo su tiempo, sino que plasmaron su creatividad de una manera ingeniosa. (O)









