Hay temas que no solo cansan o desilusionan; terminan provocando hastío cuando quienes los protagonizan convierten lo público en escenario de sus mezquindades. No por la función que cumplen en la sociedad, sino por quienes, amparados en el supuesto liderazgo de los grupos de activismo llamados partidos políticos, terminan apropiándose de ella.
En estos tiempos, algunos parecen haber convertido la política en un mecanismo para obtener réditos personales, alimentando sentimientos reprimidos, resentimientos y frustraciones de determinados sectores sociales. Lo más paradójico es que esos mismos sectores, movidos por sus necesidades o desencantos, terminan defendiendo a quienes, ya los defraudaron.
Dejaremos para otro momento hablar de la honestidad, el respeto y la preparación que deberían caracterizar a quienes, en una campaña electoral, aspiran a merecer el voto popular. Hoy quiero referirme a otro fenómeno que acompaña esta agitación electoral: el papel de periodistas, comunicadores e “influencers” en la formación de la opinión pública, tema que tampoco admite evasivas.
Su labor puede ser fundamental cuando está guiada por la verdad, la responsabilidad y la honestidad. Pero también existe una práctica que merece ser señalada: la de quienes convierten su tribuna en instrumento de presión, promoción o descrédito, condicionando sus mensajes a intereses económicos o personales.
En tiempos pasados, el periodismo cumplía una función de enorme trascendencia social. El fanatismo nunca estuvo ausente, pero en muchos profesionales prevalecían la probidad, la ética y la responsabilidad frente a la sociedad. No hablaré de imparcialidad, porque un buen comunicador no tiene por qué ser indiferente ante la mentira, el abuso o la corrupción. Lo que debe preservar es su independencia, su honestidad intelectual y su compromiso con la búsqueda de la verdad.
El llamado “vacunador”, término que utilizo para describir a quien emplea su influencia para favorecer o perjudicar a alguien a cambio de beneficios, constituye una grave distorsión de la función comunicacional. Cuando el periodista deja de ser contrapoder para convertirse en parte del juego de los poderes, pierde aquello que da sentido a su profesión: la credibilidad.
Ahora que hemos entrado en un período electoral, sería saludable que los protagonistas de la política se enfrenten al verdadero debate de ideas. No al simple diálogo cuidadosamente preparado, mucho menos al monólogo al que tantas veces se reduce la discusión pública.
El ciudadano necesita escuchar argumentos, confrontar propuestas, conocer posiciones y juzgar por sí mismo. Porque una democracia no se fortalece cuando alguien piensa por el elector, sino cuando el elector dispone de información suficiente para pensar, discernir y decidir libremente. (O)




