Una amiga me dijo una vez que seguía casada porque aún no había encontrado la forma de deshacerse del cadáver. Me reí, pero me sentí identificada.
Hoy cumplo treinta años de matrimonio. Y como es 2 de noviembre, el día en que recordamos a nuestros muertos, el timing no puede ser más apropiado, celebro que ninguno de los dos haya pasado todavía al otro lado, ni literal ni figuradamente.
El filósofo Alain de Botton sostiene que parte del problema está en la historia que nos contaron. Nos vendieron la idea de que el amor verdadero es natural, fluido, sin fricción, y que si hay que trabajarlo demasiado es porque algo está mal. Las expectativas imposibles con las que llegamos al matrimonio, dice De Botton, son una gran fuente de frustración conyugal. La madurez romántica empieza cuando aceptamos que elegimos a alguien profundamente imperfecto para construir algo inevitablemente imperfecto, y decidimos seguir de todas formas.
La psicoterapeuta Esther Perel señala otra tensión, queremos que nuestra pareja nos ofrezca seguridad y, al mismo tiempo, siga sorprendiéndonos. Conservar la familiaridad sin perder la curiosidad por el otro requiere algunas reinvenciones.
Treinta años dan para muchas crisis, negociaciones, lágrimas y risas. En algún momento me preguntaron si tenía una estampita propia. Al no entender, pedí que me explicaran. Me dijeron que solo una santa aguantaría tanto tiempo a mi marido.
No soy santa. Pero tampoco él es tan difícil… mientras duerme.
Aprendemos sobre la marcha a estar en pareja, con los golpes propios y las versiones de nosotros mismos que van apareciendo. Treinta años después, seguimos encontrando algo que vale la pena cuidar. Y todavía nos quedan cosas que discutir, descubrir y amar juntos. (O)
@ceciliaugalde




