No por aparecer recurrentes, los grandes y graves problemas de Cuenca no merecen ser debatidos tantas veces como sea necesario.
Qué mejor hacerlo desde ahora, cuando Cuenca conmemora sus 206 años de independencia. Una fecha en la cual la ciudadanía no solo debe sentir la corazonada, sino reflexionar sobre el rumbo de la urbe.
Se viene la campaña electoral de manera oficial. Los candidatos a la alcaldía, según lo dispuesto por el CNE, deberán debatir sí o sí.
Si bien será un debate maquetado con temas generales, lo que de verdad importará es que, independientemente de él, los diversos sectores ciudadanos exijan a los aspirantes a gobernar Cuenca, no solo que expongan los problemas, las necesidades, que casi todos los conocen, sino que demuestren el proyecto de ciudad que tienen, un proyecto que rebase el periodo de mando y de cuantos sea posible a futuro.
Cuenca ya no está para que un alcalde trate de lucirse construyendo obras puntuales, útiles sí; que satisfagan necesidades urgentes de la población, por su puesto, sino que la proyecte, la planifique; que, con visión, entereza y participación, trace soluciones a mediado y largo plazo, capaz de ser ejecutadas por sus sucesores, sin derecho a retroceder o a no darles continuidad.
El cortoplacismo, el clientelismo, el deseo por tratar de ser mejor alcalde que el anterior, han pasado factura a la ciudad en estos últimos años.
Problemas como el de la movilidad, de la expansión urbana que trae aparejado otros concomitantes; el de la informalidad, de los accesos viales a la ciudad, de la opacidad existente en varias direcciones municipales, entre otros, siguen preteridos.
Sería ejemplarizador, un verdadero ejercicio ciudadano, si se organizan foros, conversatorios, asambleas, y se conmina a los candidatos a debatir sobre esos temas.
Es que hay que votar; no botar. Lo primero merece conciencia crítica; lo segundo, un qué me importa.






