La evidencia nos muestra que la vida es pasajera, un proceso que tiene un inicio y tiene un fin. A lo largo de los años vamos experimentando la desaparición de los otros, cercanos o lejanos. También mueren nuestras mascotas, los árboles y plantas. En un universo entrópico hasta las estrellas mueren. Y podemos asumir con certeza que nosotros también moriremos. La muerte está ahí como el reverso de la vida. Solo frente a ese abismo doloroso, podemos reorganizar nuestras prioridades y advertir la riqueza que poseemos. Pero en vez de ello, hemos preferido un consuelo idealista (El consuelo de los débiles según Nietzsche) e inventamos la inmortalidad. Sus raíces ya se encuentran en la prehistoria del mundo, en los ritos funerarios, la momificación egipcia, la construcción de lujosas tumbas chinas. Los incas enterraban al inca con todo y sus acompañantes, quizá para que eviten la soledad del ukupacha. Un concepto literalmente fantástico, que está vigente y puede rastrearse en la historia del pensamiento que llega hasta hoy. Desde la separación entre alma y cuerpo de Platón, pasando por la res cogitans de Descartes, hasta las ficciones tecnológicas transhumanistas; la inmortalidad es la expresión mas concreta del pensamiento abstracto. Por supuesto que la invención de la inmortalidad también puede ser vista como una expresión de rebeldía y de oposición a las leyes de la vida, que solo el ser humano pudo hacer. Lo primero que supo el ser humano en su ejercicio de autoconciencia fue que va a morir, y se rebeló ante ello, preservó la memoria, reforzó la identidad y anticipó sus refugios. Probablemente sin esos elementos no habría sido posible construir el sentido, ni, por lo tanto, el valor de la ficción autoconsciente que nos determina. (O)




