Alejandro era un tipo distinto. Una melena gris enmarcaba una mirada inteligente tras un par de anteojos redondos y diminutos. Flaco y encorvado. Llevaba siempre un viejo abrigo de cuyos bolsillos emergían lápices y libretas. Llevaba años escribiendo una columna para el periódico de Comala, en Agua Santa. Y esto tuvo su precio. Allá, en …


