El parpadear de la noche, siempre me sedujo hasta el mismo estropicio. Sus miles de ojos me hacían sentir que era Dios quien nos miraba. Desde entonces, ya nunca más me sentí solo, es que su presencia es una obstinada conspiración que nos sitúa frente a un universo tan maravilloso, dúctil, como de dimensiones insondables. …











