A propósito de la posible Constituyente, el Ecuador enfrenta una paradoja climática. La Constitución, al prohibir la «venta» de servicios ambientales, bloquea el financiamiento climático urgente necesario para la conservación de la Naturaleza. El debate es pragmático, no solo ético. Los mercados de carbono son el vector más rápido para transferir capital desde los grandes emisores hacia los custodios de los ecosistemas y pueblos locales. La clave no es derogar la norma, sino aplicar una ingeniería legal inteligente: transformar la «venta» en «retribución por la conservación» o «cooperación por desempeño con gestión comunitaria.» De esta forma, el financiamiento garantiza el derecho de la Naturaleza a ser mantenida y el derecho al Buen Vivir de las poblaciones que viven de ella. Sin estos fondos, el Estado asumirá un costo inviable, mientras la biodiversidad sigue degradándose. La verdadera necesidad estratégica radica en el Carbono Azul: el carbono almacenado en ecosistemas costeros como los manglares, que son cuatro veces más eficientes en la captura de CO2 que los bosques terrestres. La urgencia es doble: 1. Mitigación Climática: evitar que la destrucción de manglares libere carbono masivamente; y 2. Oportunidad Económica: desbloquear millones de dólares a través de proyectos de carbono azul, generando ingresos para la gestión sostenible y el desarrollo de la Costa ecuatoriana. Es hora de pasar del idealismo protector a un pragmatismo ético. Son necesarios marcos legales legítimos y ágiles que permitan la entrada de capital, forzando a la vez a las empresas contaminantes a cumplir con sus reducciones internas. La fiscalización es obligatoria, para lograr las metas: conservar la Naturaleza y frenar la contaminación global. (O)






