En un poema, sostiene Montabetti, las partes son más que el todo; pero, por el contrario, en una novela, el todo es, sin dudar, más que las partes; el poema -sostiene- cree en la unidad, en el todo, en el cuerpo entero; el poema trata de hacer uno con los versos que abraza; estos, por el contrario, se revelan independientes, autónomos, soberanos; de allí que la vida no reside en la unidad poética, sino más bien en su propia capacidad atómica de multiplicarse, expandirse.
El poema es como la lengua, o quizá, más apropiadamente, ella es como él; envuelta en la “ilusoria noción de igualdad, de totalidad cerrada”, sujeta a un proceso constante de evolución que nutre, se nutre, se adapta y enriquece, desde la incorporación, apropiación y cada una de las formas en que la cultura se reinventa y nos reinventa en progresión constante.
¿Y los pueblos?
Los pueblos somos proceso y producto; histórico y en construcción y deconstrucción constante, no somos entes cerrados sino plataformas dinámicas de interacción, aprendizaje, intercambio e incorporación, los pueblos somos cultura en todas sus formas de expresión y la cultura es evolución dinámica, multidimensional y caótica.
Los pueblos somos el resultado de la fuerza mitológica que nos constituye y como esta se nutre con las intersecciones que la historia nos propone en su andar por el tiempo. Los pueblos somos un poema poblado de versos que se trazan, expresan y revelan; un conjunto de versos que se proyectan y movilizan; un conjunto de versos que se alinean y organizan. Los pueblos son, somos, una voz compuesta, un coro abierto, una sinfonía que integra, desde cada micro-diversidad un collage identitario.
Los pueblos somos el rumor que cubre, desde las nevadas cumbres; descendiendo por el alto páramo entre el pajonal y los bosques; y, que penetra las ciudades que florecen en las orillas de ríos, estos ríos, nuestros ríos, cuatro ríos.
Los pueblos somos el rumor que crece, puebla y corrige… (O)










