La depresión no solo golpea la salud física —la única que solemos atender a tiempo porque se ve y porque frena el cuerpo para trabajar, estudiar, cuidar—. También erosiona lo invisible: el ánimo, el vínculo, el sentido de vida.
En el Día Mundial contra la Depresión, un análisis de Primicias recuerda la deuda del Estado con la salud mental: en el sistema público una cita con psiquiatría puede tardar hasta cinco meses, y el país cuenta apenas con 307 camas hospitalarias para este tipo de atención.
Las cifras duelen: la principal causa de muerte en adolescentes y jóvenes se conecta con prácticas de riesgo y depresión. Entre 2012 y 2022, once mil personas se suicidaron en Ecuador; el 77,6% fueron hombres y el 37% tenía menos de 25 años.
El abandono no es solo presupuestario: se alimenta de prejuicios aprendidos en la casa, la escuela y la calle. Pedir ayuda se etiqueta como debilidad; hablar de salud mental como “locura”.
Urge mirar con ojos amorosos nuestras necesidades, nombrar el dolor sin vergüenza y exigir atención oportuna y digna. Hablar, acompañar y tratar a tiempo puede salvar vidas —y hacer más vivible la de quienes amamos. (O)
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