“Los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”. El aforismo de Tucídides, escrito hace más de dos mil años, vuelve a interpelar a una comunidad internacional que parece haber retrocedido en lugar de avanzar. Durante décadas, el derecho internacional, el multilateralismo y un orden basado en reglas permitieron, con todas sus asimetrías, una cierta previsibilidad: las grandes potencias consolidaron su influencia y los países menos fuertes se acomodaron, muchas veces pagando el costo de “sufrir lo que debían”, pero dentro de un marco que ofrecía estabilidad. Hoy ese marco se resquebraja. No estamos ante una transición suave, sino frente a una ruptura en la que el poder vuelve a ejercerse sin demasiados disimulos, y en la que incluso las potencias tradicionales muestran dificultades para sostener su hegemonía en un entorno geopolítico más fragmentado y menos dócil.
En ese contexto se inscriben los mensajes recientes en Davos, particularmente el del primer ministro canadiense Mark Carney, que propone abandonar la ficción de un sistema que se invoca más de lo que se cumple y avanzar hacia una mirada pragmática, crítica de las hegemonías que históricamente se han repartido las “tajadas” del poder global. Su apuesta no es el repliegue nacionalista ni la construcción de nuevas fortalezas, sino alianzas amplias, flexibles y plurales, capaces de combinar intereses multilaterales con refuerzos locales. Una lógica de cooperación variable, menos ingenua, pero también menos dependiente de un solo centro de poder.
Sin embargo, estos discursos, que buscan abrir caminos alternativos, chocan con una realidad más silenciosa y ambigua en el plano ideológico. Las sociedades parecen cansadas de los viejos clivajes -izquierda versus derecha, conservadores versus liberales- y, al mismo tiempo, carecen de nuevos conceptos compartidos para interpretar las tensiones geopolíticas actuales. Esa fatiga discursiva no ha sido reemplazada por una conversación más profunda, sino por una suerte de mutismo estratégico. La erosión de décadas de esfuerzos por conciliar voluntades y construir soluciones colectivas para problemas colectivos se manifiesta no solo en la política internacional, sino también en la dificultad de las democracias para explicar qué está en juego cuando el poder vuelve a imponerse sin mediaciones claras.
La prueba más evidente de esa carencia de referentes es la reacción internacional frente al discurso abiertamente confrontativo de Donald Trump. Ante sus intenciones explícitas de control geopolítico motivado más por recursos que por seguridad (y mucho menos por democracia) ha predominado un silencio que suele presentarse como prudencia, pero que también puede leerse como parálisis. Callar, en este escenario, puede ser otra forma de “vivir dentro de la mentira”, como advertía Carney parafraseando el ensayo de Václav Havel. Si algo sugiere este momento histórico es que nombrar la realidad, aunque incomode, es el primer paso para no quedar simplemente del lado de quienes “sufren lo que deben”. (O)
@avilanieto










