Ayer, hoy y mañana

La “suerte y la mala suerte” tienen igual edad que aquellas que cargan sobre las propias espaldas. Yo no estoy en el grupo de los afortunados porque no creo en la suerte, por una sencilla razón: para mí no existe, no la he visto, peor topado con ella. Me siento feliz, afortunado y muy contento de formar parte del gremio humano contemporáneo. Pertenezco a dos milenios distintos, a dos siglos diferentes; he saboreado la vida de nueve décadas sui generis y, desde mi atalaya, puedo rememorar años complejos, lustros inquietantes, metas cumplidas, cumbres alcanzadas. Me encuentro ahora coqueteando con mi ocaso: la vida sigue dando sus pasos en un universo de formato similar, pero de contenido incierto.

Quienes tengan sobre sus hombros al menos cinco décadas vividas, considérense afortunados porque son hijos de una época nacida sin prisa y crecida sin premura: tuvimos tiempo para mirar al sol cara a cara mientras despertaba de su penumbra y pudimos acompañarlo, por las tardes, hasta que entrara de nuevo a casa para también él descansar. Conocimos juguetes hoy proscritos y tuvimos en la voz de nuestros mayores los códigos que nos hicieron crecer en un ambiente cercano al amor, al deber y al bienestar.

Las generaciones a las que aludo, en las que ustedes y yo estamos inmersos, son grupos-bisagra entre mundos radicalmente diferentes que conllevan una responsabilidad mayúscula: impedir que desaparezcan las conquistas humanas de milenios y custodiar, en los cambios ineludibles, la esencia ontológica del homo sapiens. Cada día me convenzo más de que somos generaciones privilegiadas: nos ha tocado vivir décadas de cambios maravillosos y hemos podido resistir manteniendo nuestras convicciones y siendo parte activa en las mutaciones que debían darse. El universo jamás se detuvo en sus cambios esenciales: unos fueron hechos sin tomar en cuenta la voluntad humana y, en otros, nosotros fuimos los agentes que apresuraron transformaciones necesarias.

¿Nuestro rol para el hic et nunc de la historia? El punto de partida es fundamental. Lo consigno en dos palabras: valorar y valorarnos. Si el tren de la historia nos trajo hasta aquí es menester que nos sintamos a gusto de ser esos agentes bisagra,  que  podamos percibir sobre nuestros hombros el cambio de época y que entreguemos lo mejor para las centurias y milenios que aún esperan a la vera camino. (O)

Dr. David Samaniego

Dr. David Samaniego

Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación. Fundador de Ecomundo, Ecotec y Universidad Espíritu Santo en Guayaquil. Exprofesor del Liceo Naval y Universidad Laica (Guayaquil), Rector del colegio Spellman (Quito) y del colegio Cristóbal Colón (Guayaquil).
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