El rol de los partidos políticos como intermediarios entre la sociedad y el Estado ha experimentado un deterioro significativo en las últimas décadas. Han experimentado un progresivo debilitamiento que ha erosionado la confianza social, la pérdida de identidad programática, la desconexión con las demandas ciudadanas y la captura de sus estructuras por élites reducidas han contribuido a una profunda crisis de representación.
En este contexto, el vacío dejado por los partidos ha sido ocupado por liderazgos personalistas que prometen eficacia, cercanía y soluciones rápidas y mesiánicas a problemas estructurales. Estos liderazgos, construidos más sobre la imagen que sobre proyectos colectivos, tienden a concentrar el poder y a debilitar los mecanismos de deliberación democrática. La política se transforma así en un ejercicio de adhesión individual, donde la lealtad al líder sustituye al debate ideológico y a la rendición de cuentas.
Aunque este fenómeno suele justificarse como una respuesta a la ineficiencia partidaria, en la práctica genera sistemas políticos frágiles, dependientes del carisma y vulnerables a la arbitrariedad. Desde una perspectiva ciudadana, el desafío no consiste únicamente en criticar a los partidos, sino en repensarlos. Sin organizaciones políticas fuertes, democráticas y transparentes, la democracia se reduce a elecciones si un eje programático detrás. (O)
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