La “ideología” de izquierda

CON SABOR A MORALEJA

Está basada en sus ínfulas de superioridad intelectual y moral. A través de su propaganda en espacios culturales, universidades y la prensa, logró convencer al imaginario colectivo de que sus ideales políticos son el reflejo de posiciones morales elevadas.

A la excelencia y recompensa al mérito, la izquierda la calificó de “elitismo” y decidió que el hombre que persigue sus fines privados es egoísta.  

A la tendencia histórica del hombre a agruparse y proteger su patria la tildó de “xenofobia” y le exigió adoptar las premisas globalistas que incentivan abrir indiscriminadamente las fronteras.

A la justicia retributiva por medio de la cual el hombre justo desea castigar a quien comete un delito, opusieron la supuesta “compasión” por el criminal, en virtud de su carencia material. En un abrir y cerrar de ojos, el victimario fue convertido en víctima.

A la naturaleza biológica del sexo la encasillaron como “obsoleta” y promulgaron la “liberadora” autopercepción de género que produjo resultados desastrosos, precisamente porque es una propuesta descaradamente inmoral.

Recapitulando, la izquierda destruyó toda creación de riqueza, expulsó el capital y multiplicó la pobreza. Destruyó los incentivos al esfuerzo, degradó la educación y convirtió la mediocridad en virtud cívica. Disolvió las identidades nacionales, dejó entrar a gente indeseable de otros países para que aterrorice a los locales. Multiplicó los crímenes, los delincuentes ganaron su libertad y los justos perdieron su tranquilidad. Finalmente, destruyó la verdadera identidad sexual mutilando sexualmente a los niños y hasta llegó a justificar la pedofilia. Esto último es aberrante.

Los ideales de la izquierda no funcionan pues son moralmente perversos y producen catástrofes cada vez que se los pone en práctica.

No era “altruismo”, era “colectivismo”. No era “equidad”, era “solidaridad” a punta de pistola. No era “amor universal”, era disolución de la patria. No era “compasión”, era impunidad para el delincuente. No era “liberación sexual”, era negación de la realidad biológica.

Por eso, la batalla decisiva no es solo política, sino moral y semántica: hay que destruir el relato edulcorado de sus palabras, porque mientras sus eufemismos sigan pareciendo virtuosos e inofensivos, sus prácticas destructivas seguirán pareciendo justificables. (O)

Lcda. Bridget Gibbs

Lcda. Bridget Gibbs

Periodista y escritora. Norteamericana de nacimiento, pero cuencana de corazón. Radicada en Cuenca desde hace 45 años. Lleva una década colaborando con la página editorial de El Mercurio.