Ganas una elección, así sea con las justas, y te conviertes en alcalde, prefecto, presidente. De pronto, ni tú mismo creías que ganarías. Pero qué va: la plata le sigue al platudo, la sarna al sarnoso, y el chicherismo y la suerte al político.
Ya en el cargo te atornillas a él cómo sea. Ni cuentas de das cuando comienza a engolosinarte. Poco a poco te vas transformando.
Verte rodeado de los conmilitones que has designado, incluso inventándote cargos; que otros te hacen la venia; o de otros que comienzan a hablarte de contratos, de viajes al exterior y hasta de juegos de billar a altas horas de la noche, termina por encandilarte.
Tú que te diste cuenta, tras la primera mordida ya piensas en seguir en la teta.
Entonces ves, o te hacen ver, que no hay mejor recurso que darle circo al pueblo, esa masa heterogénea que, pese a todos los pesares, le encanta el baile, no importa si es el cumbiero, el salsero, mejor si es chichero y tristón; o gusta de artistas que por decir amor o sexo al revés atraen multitudes frívolas.
Ya tienes la sartén por el mango. El resto, ¡qué importa!, lo hace el presupuesto.
Te embarcas, contra viento y marea, a darle a la masa popular conciertos, festivales, polvo, mote, bocadillo, yaguarlocro, salprieta; o lo que pida, pida nomás, no se preocupe que sí hay plata, y porque hay, todo es gratis; o si algo cuesta, cuesta lo que vale huevo duro con embrión de pollo.
Esa masa chichera te eleva a los altares. Te dice que no hay mejor que tú. Hasta se embriaga contigo. Por eso la abrazas, cantas y bailas. Este éxtasis hace que no te importe la relevancia del cargo, o que a esa masa la despojes de su naturaleza ciudadana, de su honra, honor y respeto.
Acaso sin darte cuenta te has convertido en político chichero. Aunque no lo sepas, ya te funciona el conductismo de Pávlov. Ya hueles a pan y a circo, y por eso te siguen.
Tus “cepillines” te graban, te filman, de fotografían. No importa si estás en paños menores, tiznado, blanqueado, con la comida en la comisura de los labios, o hablando diabluras. Hasta te elaboran encuestas chimbas en las que sales ganador, hasta para ser papable.
Crees, entonces, que es basta para que esa masa o parte de ella, que es ingenua y por eso no delibera ni cuestiona, votará por ti para que sigas en tu trono.
Mañana, Miércoles de Ceniza, a lo mejor reclames a tus conmilitones porque no te consiguieron que seas tú quien imponga la ceniza en la frente de la feligresía.
Ellos te dirán: no se preocupe porque ya viene Semana Santa. Deberá cargar la cruz, dejarse clavar, y dar fanesca gratis a Edmundo y a todo el mundo. (O)




