La crisis que desgarra al país —política, económica, social, de seguridad y hasta cultural— no es fruto del azar ni simple consecuencia de errores técnicos. Tiene raíces profundas, pero también un combustible permanente: la soberbia de quienes ejercen el poder.
No huelga mencionar nombres, la ciudadanía los conoce: son autoridades y líderes que han convertido el “yo” en doctrina y la arrogancia en método de gobierno. Confunden firmeza con prepotencia, liderazgo con imposición, convicción con intolerancia. Se aferran a sus decisiones como si reconocer un error fuese una humillación y no un acto de grandeza.
El resultado es evidente: el diálogo ha sido sustituido por el monólogo; el debate, por el insulto; la discrepancia, por la descalificación. Se gobierna desde la altivez y se comunica desde la provocación. La política ha dejado de ser servicio para convertirse en escenario de egos.
Estos apoltronados en el poder no solo carecen de humildad,la desprecian. Y lo más grave es que esa actitud se irradia hacia sus seguidores y opositores. Nadie cede, nadie escucha, nadie admite que el otro pueda tener una parte de verdad. Las decisiones se mantienen a rajatabla, aunque la realidad demuestre su fracaso.
La humildad no es debilidad. Es una virtud moderadora entre la intolerancia y la sumisión; se opone a la soberbia y la vanagloria, a ese impulso que lleva a creerse por encima de las propias capacidades. Es la condición indispensable para reconocer límites y rectificar.
Como advertía San Agustín: “Para llegar al conocimiento de la verdad hay muchos caminos: el primero es la humildad, el segundo es la humildad y el tercero es la humildad”. No es una frase devota: es una lección política. Solo quien es humilde puede corregirse; solo quien se corrige puede gobernar con justicia.
La pregunta es inevitable: ¿cuántos líderes y autoridadesecuatorianos practican hoy esa triple humildad? ¿Cuántos prefieren el diálogo al agravio? ¿Cuántos están dispuestos a admitir que el adversario no es enemigo sino contraparte legítima?
En tiempos de crisis, la soberbia no es solo un defecto moral: es un riesgo nacional. Alimenta el odio, profundiza la división y clausura cualquier posibilidad de acuerdo. El insulto puede producir aplausos momentáneos, pero erosiona la convivencia y envilece a quien lo profiere.
Al trono no se llega con el insulto, peor a ser reelecto. Se llega reconociendo límites, aceptando contradicciones y anteponiendo el bien común al orgullo personal. Sin humildad no hay diálogo; sin diálogo no hay democracia; y sin democracia solo queda el eco vacío del poder hablando consigo mismo. (O)





