El comedor de la Universidad Andina Simón Bolívar tiene algo de ritual cuando aparece, puntual, un caballero de chaleco rojo. Camina, saluda, conversa. Se detiene en cada mesa con esa mezcla de elegancia y cercanía que solo tienen quienes saben escuchar. Los conoce a todos. Y habla con todos. De historia, de política, de universidad, de país. Enrique Ayala Mora no es únicamente un académico brillante; es de esas presencias que ordenan el espacio con la palabra.
A Enrique lo conocí primero en sus libros y después en las conferencias y en los pasillos de la Universidad. Y en ambos casos descubrí lo mismo: un historiador que no observa la historia desde lejos, sino que la ha vivido, la ha debatido y, en muchos momentos, la ha protagonizado. Su obra no es un inventario frío de acontecimientos; es una lectura crítica del Ecuador que nos explica de dónde venimos y, sobre todo, por qué somos como somos.
Quienes trabajamos en comunicación y periodismo le debemos una contribución invaluable. La Historia de la Comunicación en el Ecuador, publicada por la Universidad Andina Simón Bolívar, no es solo un compendio académico; es un espejo incómodo y necesario. Allí entendemos que la llamada “prensa de los partidos” —ese periodismo alineado a élites políticas y económicas— no es una anomalía del pasado, sino una constante que se reinventa. Cambian las plataformas, se digitalizan los formatos, pero las tensiones entre poder, información y ciudadanía permanecen. Enrique nos enseñó que mirar atrás no es nostalgia, es método.
Pero su legado no se agota en los libros. La educación superior ecuatoriana le debe una concepción de universidad: una institución que no se repliega frente al poder, que no teme opinar, que asume su rol crítico en la vida pública. Enrique pertenece a esa estirpe de rectores que entendieron que el silencio académico también es una forma de complicidad. Y que la voz universitaria, cuando es sólida y fundamentada, puede convertirse en un faro en medio de la incertidumbre política.
Por eso, la designación de Profesor Honorario que este jueves le otorga la Universidad del Azuay no es solo un acto protocolario. Es un gesto simbólico de gratitud. Es reconocer una tradición intelectual que entiende que la academia es un espacio de debate y responsabilidad pública. La educación superior ecuatoriana se explica, en buena medida, a través de su obra y de su liderazgo. Y seguirá nutriéndose de esa sabiduría serena que solo concede la experiencia cuando está acompañada de convicción.
Al final, quizá el mejor homenaje no esté en los títulos, sino en esa escena cotidiana del comedor universitario: el profesor que conversa con todos, que pregunta, que escucha, que sigue pensando el país como tarea colectiva. Allí, en ese gesto sencillo, está la verdadera dimensión del maestro. (O)
@avilanieto









