Las desgracias se acumulan en este golpeado Ecuador. El invierno apenas comienza y ya deja imágenes estremecedoras: deslaves, deslizamientos, aluviones, carreteras y puentes destruidos, poblaciones incomunicadas, se reportan fallecidos y personas desaparecidas. Los rostros desolados, las lágrimas y el miedo latente de quienes lo han perdido todo, no solo rompe el corazón, sino revelan la fragilidad de un país que responde con asistencia humanitaria, más no con prevención y reducción de vulnerabilidades. Vivimos en uno de los países más expuestos a amenazas naturales de la región andina. Situación que se agrava debido a los intereses mineros que degradan territorios y un gobierno que prioriza los gastos militares y compromisos con el FMI y el gobierno de EEUU, antes que en seguridad de su población frente a riesgos naturales. La militarización del territorio, presentada como “conflicto armado interno”, desvía recursos que deberían destinarse entre muchas de las urgentes necesidades del país, a enfrentar este cruento invierno y a fortalecer la respuesta comunitaria. El acto de disculpas públicas que las FFAA deben ofrecer por la desaparición y asesinato de Ismael, Steven, Nehemías, Josué –tal como manda la Corte Constitucional– no solo cuestiona la violencia estatal, sino abre la puerta para exigir que los militares regresen a sus cuarteles. Bien haría al país que estos recursos se orienten hacia la protección de la vida frente a una naturaleza desbordada y a las plagas que nos azotan: la corrupción, la codicia y el servilismo político. (O)







