Sin respeto, sin democracia

En casi todas las culturas existe una máxima sencilla que orienta la convivencia humana: no hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti. Esta regla de oro, tan antigua como universal, es un principio básico de comportamiento que invoca cortesía, civismo y sentido de comunidad. Es también una brújula ética que suele aparecer cuando hablamos de democracia, de cuidado ambiental o de la forma en que tratamos al adversario político. Sin embargo, cuando esa brújula se extravía, el rumbo de la sociedad se desvía inevitablemente hacia la confusión y la oscuridad.

En las últimas semanas hemos visto cómo parte de la clase política, tanto nacional como internacional, ofrece señales preocupantes del deterioro de su calidad moral y de su relación con la sociedad. Discursos cargados de odio, sarcasmo y sorna contra quienes critican al poder se han vuelto parte del paisaje cotidiano. Los titulares sensacionalistas amplifican estos enfrentamientos y muchas plataformas mediáticas terminan funcionando como altavoces de quienes gobiernan. Este trato, fuera de toda norma cívica, se ha vuelto tan frecuente que corre el riesgo de normalizarse, adormeciendo conciencias que en otros tiempos se habrían indignado ante prácticas similares.

Cuando el poder se permite insultar, proscribir o agredir —no solo con sus palabras sino también con sus decisiones e influencias— el daño no se limita a quienes son víctimas directas de esos atropellos. El verdadero riesgo es más profundo: se erosiona la noción compartida de lo que está bien y lo que está mal. Está mal que quien apenas se encuentra en fase de investigación sea tratado como un delincuente de alta peligrosidad. Está mal que desde el poder se pretenda excluir o proscribir a una fuerza política mediante procesos que todavía podrían demostrar inocencias, mientras se le niega la posibilidad de participar en un escenario que se supone democrático.

Si la falta de respeto se practica y se promueve desde las altas esferas, ¿cómo puede el ciudadano exigirla en su hogar, en su colegio o en su lugar de trabajo? La vida pública tiene una particularidad inevitable: quienes están bajo el reflector se convierten, queriéndolo o no, en modelos de conducta. En un mundo donde pareciera que todo vale, resulta cada vez más difícil hablar seriamente de bullying, ciberacoso, restricciones democráticas o libertades coartadas cuando desde los más altos cargos se agrede al adversario, se ofende al país vecino o se polariza a la sociedad desde el desprecio.

Recordar la regla de oro no es un ejercicio moralista ni ingenuo. Es una necesidad política y social. Porque el respeto no es solo una virtud privada: es una condición mínima para que la democracia funcione, para que la discrepancia sea posible y para que la convivencia no se degrade en una lucha permanente de agravios.

@avilanieto

Dra. Caroline Ávila

Dra. Caroline Ávila

Académica. Doctora en Comunicación. Especialista en Comunicación Estratégica y Política con énfasis en Comunicación gubernamental. Analista académica, política y comunicacional a nivel nacional e internacional.