A 50 años de la dictadura argentina, la memoria no es un acto simbólico, es una advertencia viva. Lo ocurrido no admite relativización. Fue terrorismo de Estado: desapariciones sistemáticas, tortura, violencia sexual, robo de bebés, censura, persecución intelectual y un modelo económico impuesto a sangre y miedo. Frente a ello, el trabajo incansable de las Abuelas de Plaza de Mayo nos recuerda que la verdad no se entierra, que la justicia puede tardar, pero llega, y que la memoria es una forma de resistencia colectiva.
Recordar no es anclarse en el pasado, es trazar límites éticos para el presente. Porque la historia no se repite igual, pero rima. Y en Ecuador, aunque no vivimos una dictadura, sí emergen señales inquietantes: la criminalización de la protesta, el uso del miedo como herramienta política y decisiones que debilitan lo público.
La reciente expulsión de un líder religioso iraní, sin transparencia ni debido proceso, evidencia una peligrosa arbitrariedad estatal. Cuando el poder decide quién puede o no permanecer por razones opacas, se activan lógicas de control y exclusión propias de regímenes autoritarios.
La analogía no es equivalencia, es alerta. Cuando se normaliza la violencia institucional o se relativizan derechos, se erosiona la democracia. Decir “Nunca Más” es un compromiso activo: defender la dignidad, la verdad y la vida frente a cualquier forma de autoritarismo. (O)
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