Estamos hiperconectados, nos enteramos en tiempo real de lo que ocurre al otro lado de la ciudad, país o planeta. Vemos imágenes, seguimos historias… pero la mayoría de ellas pasan inadvertidas.
El papa Francisco comentó que con demasiada frecuencia participamos en la globalización de la indiferencia, y nos animaba a esforzarnos por vivir lo que él llamaba una “solidaridad global”.
Hoy en día resulta muy fácil acostumbrarnos al dolor ajeno. Las noticias de guerras, crisis humanitarias o desastres naturales llegan a nuestras pantallas con una velocidad y una frecuencia que, poco a poco, terminan anestesiándonos. Lo que en otro momento habría generado conmoción, hoy compite con cientos de estímulos más. Pasamos de una tragedia a un video chistoso en cuestión de segundos.
No es falta de sensibilidad, es saturación. Y resulta que cuando todo duele al mismo tiempo, nada duele lo suficiente.
Tal vez por eso la indiferencia de la que hablaba el papa no siempre es una decisión consciente. A veces es una forma de defensa.
Pero si algo nos ha dado este mundo hiperconectado es también la posibilidad de construir algo distinto. La misma tecnología que amplifica el ruido puede amplificar la empatía. La misma red que nos expone a la saturación puede acercarnos a realidades que antes ignorábamos.
La diferencia no está en la herramienta, sino en cómo la usamos. La solidaridad global empieza, muchas veces, con prestar atención, con detenernos un momento más en una historia, con informarnos mejor, con elegir no pasar de largo tan rápido.
No podemos resolver todos los problemas del mundo, pero sí podemos decidir no ser completamente indiferentes a ellos, no dejemos que la abundancia de información nos robe la capacidad de sentir. (O)
@ceciliaugalde








