Luego de la salida de Mario Godoy del CJ, y como era de suponer, comenzaron los líos por quién debía sustituirlo. Lo que aparentemente debía ser subsanado en un dos por tres y con una revisión ligerísima de la norma respectiva, hoy se ha transformado, como muchos procesos en el país, en un injustificado “galimatías” jurídico.
Presidentes por acá, presidentes por allá, subrogantes por acá, subrogantes por allá. Me he puesto a pensar entonces, ¿cómo sería factible reestructurar los cuerpos colegiados de las instituciones a fin de no tener que espectar, cada vez y cuando, estas peleas y debates para ver quién mismo es el que se “toma” la presidencia de tal o cual organismo? Léase: ¿Qué grupo de poder político o económico “se hace” dueño de tan codiciado pastel?
No sería pues, descabellado, el acabar con la denominación convencional de las cúpulas institucionales. Lo de presidente, vicepresidente y vocales, o miembros, o consejeros, pasaría a la historia. Todos pasarían a ser PRESIDENTES y el secretario y los funcionarios menores, al referirse a ellos lo haría, en general, como “señor presidente o señora presidenta o señorita presidenta”, según se dé el caso.
Presidiría las sesiones cada uno de ellos en forma alternada, secuencial y por orden alfabético. No habría remuneración diferenciada, todos los presidentes ganarían igual.
El vehículo asignado a la presidencia del organismo se encontraría a órdenes del presidente al que le toque, digamos la semana de funciones.
Se ampliarían y adecuarían las oficinas actuales, para hacerlas lo más similares posible al “antiguo” despacho presidencial, con iguales banderas, mobiliario, alfombras, etc, de tal manera que ninguno de los “presidentes” se sienta menos que otro.
Se imaginan lo chévere que sería que cuando se termine el período legal del directorio de estas instituciones, ninguno de los ecuatorianos tendríamos que estar preocupándonos por quién será el futuro presidente y los futuros consejeros o miembros de la misma, pues todos, de una manera u otra, terminarán posando sus ilustres asentaderas en el sillón presidencial. ¡Y zan se acabó! Por eso los piratas, “mejoresmente”, escondían el botín. (O)








