A veces, cuando escribes, lo haces con calma; otras, al apuro; en ocasiones, con rabia, alegría o dolor… esta vez es con nostalgia.
Hace poco vi a una mujer, no la conocía y en realidad, eso no importaba. Lo verdaderamente lindo fue verla cruzar la calle sosteniendo la mano de su madre. Una señora cuyos años se dibujaban con delicadeza en el rostro, en el cabello y en su manera de caminar: pausada y confiada. Y ahí estaba ella… la mujer a la que envidié en silencio. No era solo por verlas caminar juntas, sino por la forma en que cada paso parecía guardar una pequeña gracia, como si el tiempo no pesara, como si el amor bastara para volverlo todo ligero.
El semáforo en rojo me regaló unos segundos para contemplarlas. No había prisa, solo ese instante suspendido donde todo parecía tener sentido. Entonces pensé que una madre siempre será el lugar más seguro al que un hijo puede volver, sin importar los años, la distancia o la vida misma. Y en esos pocos segundos, lo único que quise fue cambiar de lugar: volver atrás y sentir de nuevo su mano envolviendo la mía, como tantas veces lo hizo.
Con el paso de los años, extraño aún más esa mano cálida, cuya tersura el tiempo fue transformando en una fragilidad delicada y que, aun así, nunca dejó de sostenerme. Esa misma mano que muchas veces fue palabras que no quise escuchar, pero que hoy daría lo que fuera por volver a tener, por volver a sentir, por volver a entender… Extraño su mano, extraño su voz.
Este sentimiento fue un recordatorio silencioso de que debo aprender a vivir con un dolor que aparece cuando menos lo espero, mientras disimulo una ausencia a la que aún me cuesta acostumbrarme. En momentos como aquel, envidié —sí— las alegrías ajenas, esas de presencia, esas que todavía pueden tocarse y me castigué pensando que todos los tiernos gestos antes de su despedida no fueron suficientes. No volverán ni las sonrisas, ni los suspiros, ni las miradas perdidas. Esa precisa complicidad fue solo mía, solo nuestra.
Aquella mañana me rompí… sí, porque me habría gustado cruzar una calle más. (O)




