Según las sagradas escrituras, Jesús era más grande que la Provincia o el Estado; era más grande que la revolución. Vivía solo en su retiro y era una vigilia perfecta. Lloró por todo eso que nosotros no hemos llorado, y sonrió de nuestra rebelión y desobediencia.
El nazareno predijo su final y sabía que estaba reservado para sus fieles, tanto, que dicen que se anticipó en avisarnos lo que sería de cada uno de nosotros. No buscó su destino, pero lo aceptó, como el labrador que, al enterrar sus granos en el corazón de la tierra, acepta el invierno y luego la primavera.
Manifiestan sus discípulos que cuando Jesús hablaba se callaba el universo para escucharlo. Sus palabras no eran para nuestra pobre inteligencia. Habló con la montaña nuestra hermana mayor, dialogó con los ángeles que hablaban detrás del mar y el horizonte, a quienes hemos confesado nuestros sueños, antes que los rayos del sol sequen el lodo que hay en nosotros.
La codicia, el egoísmo, la injusticia, las guerras, el terrorismo, la corrupción están profundamente impregnados en nuestro mundo globalizado. El populismo y las falsas revoluciones, tienen su estancia en los países donde reinan el hambre y la miseria. Cuando pienso en estos graves males que nos afligen, creo que cuando Jesús murió, murió con él toda la humanidad, y los ojos del cielo se abrían y cerraban provocando una fuerte lluvia que lavó la sangre que emanaba de sus manos y pies.
Jesús murió sobre la cruz como un rey. Murió en medio del huracán tal como mueren los salvadores, como los grandes que seguirán viviendo la inmortalidad, a pesar de la mortaja y del sepulcro.
El materialismo tenaz en el que vivimos inmersos y la pérdida de los supremos valores humanos como: la paz, la verdad, la justicia, la solidaridad, la ética y la moral; nos demuestran que no hemos captado su mensaje, a pesar de que sus palabras fueron alegres y sencillas como el canto de un arroyo.
En la actualidad, la guerra en Medio Oriente deja miles de muertos, los sobrevivientes de esta tragedia humana y con lágrimas que surcan sus pálidas mejillas, exclaman entre sollozos: señor Jesús, ven con tu misericordia y salva nuestras vidas, sana nuestras heridas, calma nuestras angustias y llena nuestros corazones con tu paz, nútrenos con tu amor y haznos caminar bajo la luz de tu lámpara divina por los senderos de nuestras dolorosas existencias.
Viernes santo, Jesús ha muerto, Yo lloro alrededor de su cruz como cuando lloran los astros, y como cuando los pétalos de la luna caen sobre su cuerpo lastimado. (O)





