Hace 15 días compartir una reflexión sobre la música, basada en la idea de Steinbeck, que la mira, desde un «reduccionismo racionalista» como extensión del pensamiento y propone el sonido como vehículo de la narrativa intelectual
Argumento sobre el cual, entre acuerdos, aportes y comentarios encuentro un texto que me propone la música, más allá de una construcción mental como un alimento vibracional que vincula indisolublemente el cuerpo, el corazón y el espíritu.
La música, desde las tradiciones persa, egipcia o el misticismo sufí, por citar otras cosmovisiones, emerge como la tecnología del despertar, cuando el dumbeck, con su pulso sordo y primordial, no busca comunicar una idea, sino guiar al derviche en un giro que lo despoja de su ego. En este contexto, el sonido actúa como una limpieza corporal y una herramienta de meditación, similar a lo que ocurre en los cantos gregorianos o la música tibetana. Estas prácticas procuran alejarnos de la prisión de la mente para insertarnos en la pureza del instante vibratorio.
Más allá del lenguaje la música emerge como respuesta transformadora de los estados de conciencia y regula nuestros procesos orgánicos.
La música, entendida, asumida, producida, consumida, compartida; en suma, vivida más allá de la idea, sino como una fuerza, dinámica, en si misma nos convoca a entender el sonido como un puente entre la materia y el lenguaje vibracional que nos devuelve la conexión con el todo que la razón, en su afán de fragmentar, nos ha arrebatado.
La música es, vuelvo sobre los comentarios y aportes de un estimado amigo: «un lenguaje que vincula la mente, el corazón y el cuerpo, un alimento vibracional, de cualidades distintas, como una forma de meditación y limpieza corporal».
En este contexto, la música emerge, desde el principio hermético de la vibración: «nada reposa; todo se mueve; todo vibra» para encontrar su eco más profundo en la construcción del lenguaje como motivo y origen. (O)




