“Lo que está debajo de un juicio”, fue originalmente el sentido de la hipo-cresía. En la actualidad, la hipocresía es entendida como fingir virtudes, creencias o sentimientos que no se poseen, en otras palabras, carecer del sustrato, no poseer las bases en las que se debería apoyar nuestra ética, nuestros conocimientos y nuestra sensibilidad. Más aún, se trata de una voluntad de engaño donde la integridad, es decir la autenticidad de las personas no se construye en el cuidado de “lo que está debajo de un juicio”, sino en la apariencia engañosa. Esto se explica en la medida que el capital requiere adaptación y resilencia, no la férrea defensa de la identidad. ¿Cómo se podría generar un capitalismo global si no fuéramos susceptibles al olvido de nosotros mismos y altamente sensibles a las pedagogías de la homogeneización y la masificación? Esto se construye gracias a la inconsistencia y la vulnerabilidad. Y volver al cuidado de “lo que está debajo del juicio” se transforma en un imperativo de la resistencia, no solo a la hipocresía, sino a la incivilidad y la barbarie. Porque una persona que no ha logrado establecer las bases de su identidad, es incapaz de reconocer tanto si le agreden como si hacen daño a otro. Se adapta al daño, no tiene las bases para establecer una posición diferente.El hipócrita en el fondo es aquel que se engaña a sí mismo, y eso explica la infelicidad reinante. Construimos nuestra personalidad sobre la base de una traición a nosotros mismos y a los demás, una traición cuya motivación última está en la carencia de valor, o si se quiere en el miedo. “Lo que está debajo de un juicio”, debería ser el valor que en la sociedad hipócrita ha sido trasladado a la cosa que produce el capital. (O)




