“Estar a la altura”, me gusta esta frase, pero ¿qué quiere decir esto? claro está, no tiene que ver con nuestro tamaño físico, tampoco con nuestra posición social o económica, ni con el buen gusto en el vestir, ni siquiera con nuestras buenas maneras, digamos que todo lo mencionado anteriormente es una cuestión de forma; tener altura es ¡más de fondo!, un signo de distinción que tiene que ver con el cómo nos comportamos con los demás, es la elegancia de las actitudes amables, un traje que llevamos puesto ¡siempre!, no depende de dónde y con quién estemos, un comportamiento único con todos los seres que nos rodean, quien tiene altura no puede comportarse, valga la redundancia, sino ¡a la altura!.
Son esas personas con una calidez en su ser que invita a quedarse, receptivos, intuitivos, sienten la temperatura con que viene el otro, lo sienten, y pueden ponerse en sus zapatos, saben mimetizarse, no presumen, y sin embargo brillan por cuenta propia, hablan suave, escuchan con el cuerpo todo, ponen límites ¡claro!, una palabra basta ¡no se van por las ramas!, son personas afables, amables, “disfrutables” en tiempos de calma e ¡indispensables cuando las cosas se ponen mal!, es ahí donde su saber comportarse tendrá el sello de la dignidad e integridad a prueba de fuego.
No se las encuentra fácil la verdad, no son patrimonio de determinado grupo, escasos como tréboles de cuatro, cuando aparecen,no se los quiere soltar, con ese sutil y fino gusto en hacer sentir bien y ser de bien para todo aquel que los acompañe, una cualidad moral que la verdad cada día la vemos menos, pero ¡qué maravilloso es encontrarse con estas “altas humanidades”! (O)








