Es la pregunta que todos los días se hace la mayor parte del pueblo ecuatoriano, es que las enfermedades lo agobian y no le dan tregua, e incluso podrían acabar con la vida. La pobreza y necesidad obligan a atenderse en un establecimiento público en donde terminan por recibir un papel con un listado que casi no se entiende, y que se llama “receta”. Los que reciben, generalmente, son los mismísimos pobres de nuestro querido Ecuador, de enormes brechas y desigualdades, que “de suerte” han recibido atención médica en una casa de salud pública.
En el día a día, muchos ecuatorianos enfermos recorren el calvario de sus vidas, como de aquella pobre mujer que teniendo en su mano la receta vive su drama, en efecto:
Acude por recomendación, porque vende más barato, donde una Sra. que expende el “bolón de verde” bajo un carpa y casi adjunto a la entrada del hospital. Le dice la vendedora que no puede exhibir los “remedios” porque los militares o policías le quitan, pero que, a pesar de todo ya acabó la mercadería. Al fin, ante la necesidad impostergable se decide a comprar en cualquiera de las muchas farmacias que están casi adjuntas a la casa de la salud, una más elegante que otra, como que están en competencia. Adquiere la medicina con la receta, pero solo para dos días, porque el dinero no le alcanza, además que tiene que comprar un “pato” para que ahí vacíe la vejiga su papacito. Al respecto, comenta una vecina: “que en el país de ahorita hay todos los remedios, pero de venta y caros, y que se expenden en las tantas farmacias particulares”. Por fin, la compatriota enferma, con dolor físico y tormento mental, lleva su medicación en una bolsita de plástico (con logo y descartable), muy esperanzada, aunque ya a la entrada del hospital le comentan que tenga cuidado porque también están vendiendo “remedios falsificados”.
Es un verdadero drama que viven en el día a día los ecuatorianos, que deambulan con la receta, en busca de dar razón a este papel que, según los profesionales de la salud, tiene el listado de los medicamentos y las indicaciones de cómo se administra, con horarios y más, porque de “posología” el común de los mortales casi que no entienden. Súmese la “buena letra” de los facultativos, que no tienen nada que envidiar a los manuscritos en papiro.
Dolor ajeno que es dolor de propios, de los que vivimos en un país en donde parece que la salud y vida de las personas es lo que menos interesa a los políticos, dueños eternos del poder. (O)


