Mi Padre, “tuvo la fuerza del viento, que a su paso mueve y conmueve las más doradas espigas y las más esbeltas frondas, que todo lo refresca, que activa los molinos, que transporta y dispersa las semillas. La energía del volcán, la incansable persistencia de las olas, la capacidad fecundadora del río. ¿Cómo expresar la fuerza, la irreductible determinación de quien nos incitaba a emular a Prometeo y arrebatar el fuego a los dioses? Osadía de que él, estoy seguro, había cometido”. Pallares, C. 2009. Ciertamente mi Padre fue también como el roble sagrado, no solo por su fortaleza física sino la simbólica de ese hermoso árbol. Él era la imagen de la hospitalidad, la lealtad y la perseverancia, Dios permitió que tuviera un espacio en el que congregaba a toda la familia, los hijos, los nietos, los bisnietos, los sobrinos, los cuñados, los hermanos, sus amigos, los amigos de los hijos, de los nietos, en fin, quien llegaba a su Chaullabamba, era bienvenido y atendido con la más emotiva generosidad, de allí tenemos los más bellos recuerdos. Hace unos días uno de mis hijos me decía Mami, es que el abuelo fue Gold standard, el mejor de los cumplidos que una persona puede recibir pensé y, recordé, cómo a pesar de sus múltiples ocupaciones profesionales, tuvo la sabiduría para compartir su tiempo, sus empeños y sus juegos con los nietos. No imagino cuántos miles de árboles y plantas habrá sembrado, esa era su pasión infinita. Jamás pensó en un futuro lejano, quizá incierto, no acumuló posesiones económicas, fue un hombre de manos abiertas, pendiente de lo que todos necesitaban hasta el último día de su vida, cuando preguntó si el jardinero había almorzado. Me voy en Paz me dijo, por favor a todos que me perdonen si un momento actué con ligereza, no fue mi intención. (O)









